jueves, 13 de octubre de 2022

 














EMEN EUZKADI IRRATIA.

EUZKO ERRESTENZIKO GUDARIEN DEYA

Aquí, Radio Euzkadi. La Voz de la Resistencia Vasca que transmite todos los días tres

programas en 13250 y 15000 kilociclos...

1965 al 13 de abril de 1977


EMEN EUZKADI IRRATIA.

EUZKO ERRESTENZIKO GUDARIEN DEYA.

Aquí, Radio Euzkadi. La Voz de la Resistencia Vasca que transmite todos los días tres

programas en 13250 y 15000 kilociclos... 1965




EMEN EUZKADI IRRATIA.

EUZKO ERRESTENZIKO GUDARIEN DEYA

Aquí, Radio Euzkadi. La Voz de la Resistencia Vasca que transmite todos los días tres

programas en 13250 y 15000 kilociclos...

1965 al 13 de abril de 1977


EMEN EUZKADI IRRATIA.

EUZKO ERRESTENZIKO GUDARIEN DEYA.

Aquí, Radio Euzkadi. La Voz de la Resistencia Vasca que transmite todos los días tres

programas en 13250 y 15000 kilociclos... 1965




ANTECEDENTES PARA UNA RADIO


Sabino Arana Goiri, el líder nacionalista, fue un hombre de acción. Supo revolver la adormecida conciencia nacional vasca, si adormecida puede ser la palabra para describir la depresión que sufrió el país después de la segunda guerra carlista (1872-76) y su consiguiente derrota que significó el descalabro foral.


Escribió retazos de su historia, devolviéndole el sentido pre­ciso, hizo una gramática del euskara, ese idioma que se iba, creó un partido político, y propició la creación de revistas y diarios. Para él, la propagación de sus ideas por medios pacíficos respon­día a un acto puro de comunicación. Había que hablar y divulgar, razonar y convencer. Pero Arana Goiri murió antes de que la ex­pansión de la radio se convirtiera en un cuarto poder.


La primera Radio Euzkadi funcionó en Bilbao en 1936, en oc­tubre, cuando el flamante Lehendakari José Antonio Agirre, desde sus micrófonos, dio un mensaje, alentando y alertando al pueblo vasco de la lucha que les esperaba. Dio por esa emisora su primer mensaje de Gabon o de Navidad, que prolongaría todos los años que duró su exilio, hasta 1960, fecha en que murió. Por esta pri­mera Radio se denunciaron los atropellos, mentiras y vergüenzas del alzamiento militar franquista, que pretendía lavarse la cara con la defensa del cristianismo, asumiendo el nombre de Cruzada. Y animaba a los combatientes y a la ciudadanía en su esforzada lu­cha por la libertad. A la Europa amedrentada les advirtió de los de­monios del Apocalipsis galopante en sus praderas, se abatirían so­bre ellos, una vez pateado el suelo ibérico. Por esa Radio oficial se denunció el crimen genocida de Gernika. Calló en junio de 1937, cuando los mandatarios vascos tuvieron que exilarse, caída Bilbo.


LA TXALUPA RADIO EUZKADI


La primera Radio clandestina operó en Francia, en 1946, en la opción enlace-radío, es decir, que podía funcionar en cualquier lugar, sea ciudad o campo, con baterías de acumuladores. Era un aparato extremadamente sencillo. Las horas de trabajo coincidi­rían con las de la salida y puesta del sol. Sus frecuencias tuvieron cambios, pero en general, se mantuvo la constante informativa. Se instaló en el presbiterio de Monguene, a 4 kilómetros de Baio-na, en el domicilio del sacerdote Jean Fierre Urricarriet, amigo de Joseba Rezóla, aunque el equipo de trabajo operaba en Donibane Lehitzun, en Villa Briséis, en unas oficinas habilitadas por el Go­bierno Vasco. El 21 de diciembre de 1946, tras intensos trabajos, estuvieron listos para salir al aire. Bautizada como Radio Euzkadi. La voz de la Resistencia Vasca, comienza con un irrintzi de rebel­día, reivindicando a la democracia más vieja de Europa, amorda­zada en esos momentos de modo tan brutal.


El consejero José María Lasarte, Joseba Rezóla, jefe de la Jun­ta de Resistencia, el propio Lehendakari y Manuel Irujo, tenían claros los objetivos de la operación radial: informar de la reali­dad, propagar el euskara, y fomentar la lucha contra el totalitaris­mo comunista.

Durante años este aparato operó en momentos puntuales de la resistencia vasca: cortó, a veces, la radiación de Radio San Se­bastián, anunciando la convocatoria de los Aberri Egunas, pidien­do abstención en los referendums, etc. Su base documental era OPE EPIj el Boletín de Prensa del Gobierno Vasco en Exilio. Aquí encontramos la figura de Joseba Rezóla, comandante de gudaris, que se encargó de su dirección, y que sería después figura im­portante en Radio Euzkadi/Euzkadi Irratia de Venezuela, con la colaboración de Ander Arzeluz, Leonardo Salazar, dos fieles locu­tores que cumplieron durante años su misión: Benito Anabeitia y José Miguel Mendiola, reemplazados en el tramo final por Regino Mujika, Amunarriz, Paco Olaberri... y tantos más.


Es importante anotar que en la parte técnica de esa radio aparece ya la figura de un joven, técnico en radiocomunicacio­nes, llamado José Joaquín A/ur/a, alias Mmostl, aunque- luego se­ría ¡mola. Se encarna de potenciar la emisora para que cubra un espacio mayor. A/ur/n fue uno de ion niño* embarcados en muelles de Bilbao, camino a Bélgica, donde se formó en la rama de telecomunicaciones. Diligente alumno, fue además un excelen­te conocedor de idiomas.


Las acertadas y diplomáticas diligencias del Lehendakari José Antonio Aguirre con los políticos de Francia, lograron que más o menos hicieran la vista gorda, ante la continua reclamación fran­quista. Después de muchos obstáculos que fueron salvándose y con la consigna de Ladran luego cabalgamos, un agosto de 1952 se dejó de emitir. El prefecto de los Bajos Pirineos comunica ofi­cialmente al Lehendakari su cese. El gobierno francés, presidido por el socialista Mendés France y el ministro del Interior, Francois Mitterrand, emite la orden de cierre, sin temblarles el pulso.


Ade­más de la radio, se le requisa al Gobierno vasco su Delegación de la Avenida Marceau, comprada en los años 30 con dinero de vas­cos americanos, y se entrega el magnífico edificio que el día de la Liberación lució en su fachada las banderas de Francia y Euskadi, al Gobierno español. Fue una incautación en toda regla.


Aunque soplaban los vientos de una nueva Europa, habían cesado los de reclamo libertario. Franco no era el enemigo ya que era anticomunista o eso afirmaba cínicamente. Con el co­mienzo de la Guerra Fría, se convierte en un baluarte en la lucha contra el comunismo soviético. Y el que fuera aliado de HiÜer, Salazar y Mussolini, entra a formar parte de las Naciones Unidas.


En 1937, en el exilio de París, el Lehendakari Agirre impulsó un Órgano de Prensa, pulcro y responsable, dirigido por Rafael Picabea, José María Lasarte, Pedro Beitia, Julio Jáuregui, Felipe Urkiola y otros. Tras la invasión alemana a Francia, este grupo se dispersa. Jáuregui lleva a México, su lugar de expatriación, la revista Euzko Deya que también se editará en Argentina. Era la base documental de las locuciones radiales. Conviene señalar que hay por primera vez una mujer que escribe comentarios euske-rikos son trasmitidos por esta radio: Karmele Errasti, la esposa de Keperin Xemein. Enviaba numerosos artículos semanales.

En Vene/uela se puso en marcha la publicación Euzkadi, donde vemos inaugurarse a un novel escritor, Martín Ugalde, que recibiría posterlormenle numerosos premios lucrarlos en Venezuela incluyendo los afamados Sésamo y Nacional. Después llegarán otras iniciativas, la más culminante «Gudari», dirigida por Alberto Elosegi, seudónimo Paúl de Garat, nombrado encargado de la Información y Propaganda del Grupo EGI de Caracas, y que sería la columna vertebral de la futura Radio Euzkadi/Euzkadi Irratia.


En primera instancia, se logra mediante un concierto con una radio local, Radio Crono Radar, una franja de una hora dominical donde se dan noticias del Centro, del país y se habla en euskara. Se llama Euzko Deya. La voz de los vascos en Venezuela. En esos momentos los vascos de Venezuela se van recuperando del terre­moto que significó la guerra, la derrota y la penuria económica a la que se vieron sometidos. Han abandonado las casonas comu­nitarias del centro de Caracas, se van instalando en las nuevas ur­banizaciones que van conformando la nueva urbe que vitaliza el petróleo y la inmigración europea.


La colectividad prospera con tanta rapidez que resultan aho­ra los valederos del Gobierno Vasco en París. Tras el desalojo de la Delegación de la Avenida Marceau, y en venticuatro horas, se logra una colecta con el dinero suficiente para la compra de un local, el definitivo, en el edificio Singer. Tenemos ya las dos ubi­caciones precisas para la futura Radio Euzkadi/Euzkadi Irratia: en París, la avenida Singer, y en Caracas, el Centro Vasco/Euzko Etxea, de El Paraíso.


Las primeras Juntas Directivas del Centro Vasco se forma se­gún el modelo del Gobierno Vasco: hay espacio para los afilia­dos del Partido Nacionalista, de Acción Vasca, para los republi­canos. Existe la figura del Delegado que es un portavoz de la comunidad con el Gobierno Vasco. También, en el transcurso de esos años, mientras se robustece la condición económica, los vascos se van haciendo al país de albergue: comienzan a per­der en parte la rotundidad del castellano peninsular para ir con­tagiándose con el suave acento del castellano caribeño. La eses resultan menos rotundas y las zetas menos agresivas. Sus hijos, incorporados al sistema educativo venezolano, van a formar una generación de profesionales universitarios. La Universidad estaba próxima, era gratuita.


Muchos de estos nuevos profesionales, van a descollar en al­tos cargos de la Administración de la república, y las autoridades venezolanas, recelosas de tantos inmigrantes como recibía Vene­zuela, comienzan sin embargo a mirar con confianza a la peque­ña comunidad, empecinada en salir adelante y que, en general. causaba pocos problemas.


Varios presidentes, entre ellos Rafael Caldera, eran asiduos visitantes de los torneos de pelota en el frontón, acudían a actos culturales y eran oyentes del Coro Pizkunde.




El 8 de junio de 1956 llega a Venezuela Jokin Intza. Nadie imaginó y mucho menos la vieja guardia de los fundadores del Centro, a los que se les llamaba Jauntxos, cuanto iba a cambiar las cosas aquel advenedizo de casi dos metros de altura, robusto, de cabeza rapada (luego le llamarían Kojak) y hablar algo intri­gante: nunca se sabía a la primera lo que decía.

Todavía no le acompañaba su fiel compañera, la vizcaína de Durango Feli Milikua. Se casaría con ella por poderes. La re­cibiría emocionado en La Guaira y hasta dónde puedo afirmar, jamás se han separado desde entonces. Quiero decir, nunca vi a uno sin la otra. Aunque Jokin acaba de morir, y me imagino la dolorosa sensación de Feíi de tener que seguir viviendo sin la mi­tad de su ser.


La colectividad, rigurosamente compacta, desconfiaba de los miembros nuevos y más si percibían, como en este caso, que en algo se iba a cambiar el rumbo de las cosas, tal y como ellos lo tenían planificado y establecido desde el principio y hasta el final de la dictadura de Franco. Quiero decir que no recibieron con gusto al recién venido. Un día entre los días, jugando al mus, en el ala derecha del gran salón principal del Centro Vasco, presidi­do por el retrato de Sabino Arana Goiri, el presidente José María Etxezarreta, respondiendo a un impulso conciliador pero calcula­dor, llamó a Intza, que ascendía por la escalinata principal, para que se uniera al grupo, jugara con ellos al mus, y de paso presen­tarle al vicepresidente1, Isaías Atxa, que regresaba cíe un viaje de Fuskacli, y que- ¡isoguró traorlo saludos do una porsona. A ver si lo conni'fti. luí/u lo 110^6, y no .sonto on muí síllu, demasiado costosa para él, y procedió a jugar, mientras Atxa le iba citando más nombres. Imperturbable Intza los fue negando hasta que, impa­ciente, pidió que le dejaran en paz pues estaba intentando jugar. Por supuesto que conocía los nombres pero no quería vincularse a ellos, ni que se vincularan a la resistencia a la que pertenecían. Siguió jugando imperturbable la partida y la ganó.


Luego fue a casa, se comunicó con París y preguntó si Atxa era hombre de confianza. Como le dijeron que sí, se hizo su ami­go. Fue uno de sus mejores amigos. «Un tronco de hombre ese Atxa» solía decir. En las primeras y espinosas cuestiones de su gestión, tuvo en Isaías Atxa un apoyo imponderable. Fue su ga­rante ante la vieja guardia.


Intza había nacido en Bergara, en la casa torre Zuloaga, arrendada por su familia por generaciones, un 24 de febrero de 1924. Durante la guerra la madre muere a consecuencia de un obús, dejando desconsolada a la familia. Jokin era el mayor y se erigió en consuelo para su padre y guía para sus hermanos.


Pronto entró de lleno en tareas de resistencia contra el régi­men dictatorial que imperaba con crudeza en la posguerra. Se hizo hombre a golpe de sufrimiento, renuncias, trabajos. Miem­bro de Solidaridad de Trabajadores Vascos/STV en clandestini­dad, era uno de los más jóvenes. Se prometió, en aquella penum­bra que era su vida y la vida de Euzkadi, que viviría entregado a la misión de lograr la libertad de la patria. Y se negó, por tiempo, a hablar en castellano.


En 1942 organiza el grupo clandestino Euzko Gaztedi y al año siguiente, es presidente del mismo. En 1945 lo es de STV, que estaba conformada en cuadros, parecidos a los del ejército. Como cabía la esperanza de que Franco no durase, ante la con­tingencia de una revuelta o de una guerra, valía la pena estar pre­parados. El capitán de los cuadros ya era Intza. En 1946 reciben la visita de un inglés, Noel Baker jr., que se admira de la prepara­ción y disposición de la organización clandestina en tiempos de tan dura dictadura militar.

Intza fue detenido por la policía franquista varias veces. Kn 1947 se le dk'Ui consejo de guerra, lín la huelga promovida por




Solidaridad, en 1951, vuelve a ser perseguido, y entonces toman cartas en el asunto tanto las autoridades del PNV/EAJ (Juan Aju-riagerra, Joseba Rezóla, Jesús de Solaun, por nombrar algunos) como las de STV (Manuel Robles Arangiz, Julio Jáuregui, por nombrar otros) para enviarlo a América. Era un hombre gastado en la resistencia interior. Habría de demostrar que no lo era en la exterior. El 23 de febrero de 1954 pasa a la Euskadi continental, aunque para ultimar ciertas gestiones, con pasaporte falso, cruza varias veces la frontera, y aún se llega a Zaragoza, Tudela, Bilbao, Logroño, Donostia e Iruña.

Aunque era hábil para desfigurarse con peluca y lentes, no era tan fácil disfrazar su envergadura y quizá por ello, fue des­cubierto y perseguido. Logra llegar salvo a Francia, a Beauvois, donde las autoridades francesas le entregan el precioso certifica­do de refugiado, que lo pone a salvo de la repatriación, y obte­ner los permisos necesarios para la entrada a Venezuela. Pese a su físico imponente de casi dos metros, y robusto, y la firmeza de su carácter, Intza era un hombre romántico. Cuando hace años le pregunté, en una entrevista para la revista Euzkadi, acerca de sus vivencias como perseguido, me contestó con una parábola. Un amigo que sufría más o menos sus peripecias le advirtió lo que le esperaba, sobre todo hizo hincapié en la tortura, él respon­dió: «¡Estás loco! ¿No ves que soy libre?» Libre, para él, era operar, pese al riesgo, por la recuperación de la libertad.


Muy distinto le debió parecer el último tramo de su vida, muer­to Franco, retirado en Donostia, junto a su fiel compañera Feli, au­tor de un libro de memorias, cuando recorría las calles sin temor a ser perseguido y encontrado, tremolante la ikurriña en balco­nes y plazas. Sus amigos se sienten agradecidos que por su labor, la libertad de Euskadi se logró con limpieza y honor. Si Intza dijo sentirse orgulloso del equipo que formó para lograr realizaciones como Radio Euzkadi/Euzkadi Irratia, el equipo estuvo, sigue estan­do, orgulloso de haber tenido semejante capitán.


Este era el hombre y su historial. Al llegar a Venezuela, sin descansar de sus afanes, se pone a las órdenes de la directiva del Centro Vasco, ya niíis dispuesta :i escucharle, y expone su plan nara gestionar un grupo de ucdón reNislente, denominado l!u/ko


Gaztedi, cuyos fines inmediatos eran lograr una colaboración es­trecha con las autoridades del PNV/EAJ, y reunir fondos para los resistentes del interior. «Dinero, dinero, dinero», eso es lo que se necesitaba en primer lugar, y luego material para alumbrar los ideales. Mantenerlos vivos. La guerra había terminado quince años atrás, y nadie, excepto los vascos y algunos grupos comu­nistas poco coherentes, se movían en la España franquista. Pero la resistencia vasca soterrada, la de las alcantarillas, funcionaba penosamente. Él sabía mucho de eso.


Hubo problemas y no fueron pequeños. Ni el presidente del Centro Vasco ni el Delegado del Gobierno Vasco, una de cuyas tareas era la recaudación de fondos para el sostenimiento del Go­bierno en París, ni los grupos ya creados del Centro, Euzko Gaz­tedi y Emakume, así como Acción Cultural dedicada a realizar ac­ciones (cenas, campeonatos de pelota, concursos de baile) para recaudar fondos, veían la necesidad de otra organización, parale­la a las suyas.

Se sabía también, era un secreto a voces, de las dificultades de relación de los grupos de la Euskadi interior, representados y encabezados por Ajuriagerra y Solaun. Ambos eran hombres de prestigio, valor, integridad, inteligencia y carácter recio, inconfor-mistas, intransigentes. Para alivio de todos, dominaba ese mundo y con mano de hierro pese a su talante conciliador, llamando a todos a mandamiento, el Lehendakari Agirre.


El 23 de enero de 1958 el dictador militar que sufría Vene­zuela, Marco Pérez Jiménez, es derrocado. Las fuerzas políticas y sociales, apoyadas por la Iglesia y los estudiantes, le empujan de­finitivamente a un exilio. El avión que transportaba al militar des­de el aeródromo de La Carlota, en la parte este de la ciudad, so­brevoló penosamente Caracas para perderse por el corredor del oeste, ante los vítores de una multitud que al amanecer irrumpió exaltada en las calles, proclamando libertad. Se cantaba briosa­mente el Himno Nacional, haciendo hincapié en la frase: «Gloria al bravo pueblo...»


En un acto celebrado en el Palacio de Deportes de Caracas se reunieron los representantes de las fiíer/iin polílleas, sindicales y estudiantiles para i'elebrnr el advenimiento de la primera democracia real que iba a vivir el país. Los vascos estuvieron representados por su delegado, Lucio Aretxabaleta, quien pronunció unas emotivas palabras reafirmando la esperan­za vasca de encontrar también su propio sendero libertario para Euskadi.


No fue la primera vez ni sería la última que los vascos hacían escuchar su voz en los foros venezolanos. El Lehendakari Agirre y Manuel Irujo, representando al Gobierno Vasco en Exilio, ha­bían expuestos sus razones en el Congreso Nacional, y Bingen Amezaga, ejerciendo su cargo de secretario cultural del Centro Vasco/Euzko Etxea, escribía con frecuencia en los periódicos, in­cluso se enzarzó en una disputa con Salvador de Madariaga, que logró amplia resonancia.


En la última gira del Lehendakari Agirre a América (Estados Unidos, Cuba, México y Venezuela), en 1959, en su reconocimien­to público a Intza, le da un respaldo por demás necesario. Lo dis­tingue entre la multitud que colmaba el Centro, se detiene para saludarle con afecto en euskara, le cita, para sorpresa de todos, para una entrevista pero no a solas sino con el Delegado Are­txabaleta. Este tratamiento especial logra rebajar finalmente las tensiones que su presencia causa en la vieja guardia palatina del Centro, y facilita la actuación futura de Intza. Es decir, se avanza un gran paso en el logro de Radio Euzkadí/Euzkadi Irratia.


En la catástrofe sísmica acaecida en El Tocuyo, Estado Lara, en 1950, los vascos se dirigieron al presidente de la república ofreciendo donativos tanto de sangre como de dinero, dirigien­do la acción humanitaria el médico Luis Bilbao. Ya seguros de su posición y resuelta la inseguridad inicial, sienten que pueden re­tribuir al nuevo país su generosa acogida inicial. En el terremoto de Caracas de junio 1967, la colectividad repite la oferta. El movi­miento sísmico afectó especialmente la zona este de la ciudad, la de Palos Grandes, en la que un día crecieron los hermosos mijaes de madera rojiza y fruto sabroso, y era, en ese frenesí de creci­miento urbanístico, una proliferación de altos edificios.


Bajo la égida de Luis Bilbao, en ambos acontecimientos dra­máticos, se instalaron camillas y operó un equipo sanitario en las dependencias del Centro, y los socios acudieron en masa. Se sa­bía ya la incidencia de un alto porcentaje del RH negativo de los vascos, sobre todo el factor O, tanto positivo como negativo, y era frecuente la petición a la colectividad, si surgía alguna urgencia. Siempre se estaba listo a colaborar. Era la manera vasca de agra­decer a Venezuela su hospitalidad. También era la manera vasca de reparar heridas.


También es de recordar la siguiente anécdota. Intza, estando en un bar, preguntó a los que le rodeaban, si podían dar sangre, que José María Barrenetxea necesitaba la ayuda de ocho perso­nas donantes. Uno de los reunidos, apartó su cerveza, y en tono áspero comentó:

Mira Intza, ya está bien... nos has sacado todos los reales que teníamos y ahora que nos sabes limpios de plata, vienes y nos pides sangre... ¡compadre, que te estás pasando de rosca!

El coro de carcajadas fue estrepitoso e Intza, imperturbable, comentó:

Mañana, a primera hora, allí os quiero ver. Y los vio.


El regreso de exiliados políticos, las sesiones en el Congreso Nacional, la apertura de la prensa a opiniones diversas, las ho­milías de monseñor Henríquez, un verdadero pastor evangélico, convocaban a la calma, pues había guerrilla urbana y montañe­ra, e intentonas militares de golpe de estado, pero no rebajaba el sentido de la libertad. Todos tenían derecho a hablar. No se ce­rraban periódicos, no se detenían iniciativas. La Universidad abrió sus puertas a nuevos horarios, a nuevas profesiones. Uno de los aciertos fue la Universidad nocturna donde podíamos acudir los que necesitábamos trabajar en el día, y la implantación de carre­ras como Biblioteconomía y Archivos, cortadas según el patrón sajón, promovió la apertura de los archivos, su análisis histórico real, la creación de bibliotecas en los barrios, y de un Banco del Libro que supuso la facilidad de adquirir cultura por parte de los menos favorecidos.


Del casi 80% de analfabetismo que imperaba en el país, con los autobuses de colores para marcar las rutas, en menos de 10 años se consiguió rebajar la cifra a más de la mitad. Y cada niño venezolano de los ranchos, en Navidad, recibió como regalo un libro.


El voto concedido a los 18 años, logró que los ciudadanos, palabra con evocación de revolución francesa con que Venezue­la distinguía a sus habitantes, y con ellos la nueva generación del Centro Vasco/Euzko Etxea, se implicara en la política circundan­te. Había que votar, es decir, decidir, había que estar informado. Una serie de nombres van descollando en política y habrían de ser presidentes: Rómulo Betancourt, Raúl Leoni, Rafael Caldera, Carlos Andrés Pérez...


La muerte del Lehendakari, a principio de la década de los 60, conmovió al mundo vasco. Agirre, nacido un 6 de marzo de 1904, fallece en París, un 22 de marzo de 1960, de un ataque al corazón. Era la limpia voz de la verdad vasca y su discurso de reclamo por la lilx'rtad perdida, por el genocidio y la expatriación vasca, otor­garon dignidad y audiencia a la causa del pueblo vasco en todos los foros mundiales. Su funeral en París fue multitudinario, con,altas jerarquías políticas, religiosas y culturales presidiendo las exequias, como Jacques Maritain y Francois Mauriac. Su cuerpo se trasladó a la casa de Telesforo Monzón en Donibane Lohitzun, donde otra multitud, muchos de la Euskadi interior, le fueron a decir el último adiós. Bajo la lluvia de aquellas jornadas, se cantó una y otra vez el Águr Jaunak, por gente que lloraba por su Le-hendakari. Se escuchó también el himno de los gudaris... él había sido el primero de todos. Gudarí de pluma, palabra y resistencia.

... Goazen gudari denok/Ikurriñen atzean.


Agirre había jurado su cargo en Gernika, bajo el roble de las Libertades Vascas, convocando a la defensa de Bizkaia, única par­te del territorio de Euskal Herria libre del dominio franquista, prometiendo antes que Winston Churchill aunque no con las mis­mas palabras, sangre, sudor y lágrimas. Fue la voz unificadora de las energías vascas. De la derrota y del Exilio. Logró levantar des­de el polvo amargo de tanta renuncia, la bandera de la esperanza. Parecía difícil reemplazarlo. Le despidieron los viejos gudaris de los batallones de Euskadi, las esforzadas emakumes que oficiaron de enfermeras y andereños, los ariscados burukides de su parti­do, sus adversarios políticos, socialistas y comunistas que siempre le trataron con respeto desde la divergencia, por su capacidad de diálogo y firmeza en sus convicciones.


Su mujer, Maria Zabala, y sus tres hijos, presidieron los actos y el pueblo al que representó con tanta dignidad, arropó aquella desoladora escena del adiós. Si la misa funeral de Donibane Le-hitzune fue oficiada por una multitud de sacerdotes, en todas las iglesias del mundo se encendió una vela por el alma del Lehen-dakari Agirre, porque él había dicho que allí donde hubiera un vasco, allí estaba también el espíritu de Euskadi.


Muchos temieron que la muerte del Lehendakari, así como el acceso de Franco a las Naciones Unidas y la Guerra Fría, iban a aletargar el espíritu de los vascos. Pero a los ocho días de su muerte, el Gobierno en el Exilio nombró un sucesor: Jesús María de Leizaola. Las cosas iban a continuar. No todos estuvieron de acuerdo con el sucesor. Numerosas voces replicaron que el único personaje do la pol/llca vasca capa/ para el eur^o era Manuel de I rujo, ([iic po.Nc-ííi u ñu fuerle y vibrunlt' perNonulklail y U-ní;i sobre


sus hombros un importante currículo político. Pero se mantuvo al candidato.

Leizaola era un hombre calmado, sensato, formal. Un intelec­tual, no en vano nació en la trastienda de una librería, autor de va­rios libros sobre literatura vasca publicados por la Editorial EKIN de Buenos Aires. Como él mismo se definió, era un «marinero en alta mar», algo lejano, un poco apático, pero un observador agudo de la realidad. Cierto era que carecía del carisma del Lehendaka­ri Agirre y de Irujo. Tras las protestas iniciales, el mundo vasco lo aceptó y cerró filas a su alrededor. Todos se acordaban y respe­taban, además de su erudición literaria, de dos actuaciones su­yas fundamentales: el ondear la ikurriña en el Ayuntamiento de Donosti donde se celebraba el pacto de las fuerzas republicanas pero sin Euskadi, que le favorece a Cataluña la obtención tem­prana de su Estatuto, y su tenaz perseverancia por obtener una Universidad vasca, localizada en, por y para el país.


Intza, entre tanto, no tenía fáciles las cosas debidos a estos su­cesos y tensiones, pero eso no le detiene. En los años que van de 1956 a 1960, marcados por estos acontecimientos y los que segui­rán en la vigorosa década de los 60, pone su proyecto en marcha, contra viento y marea. Del 60 en adelante va a solidificar los lo­gros. Ya Joseba Rezóla se había puesto en contacto directo con él, presionando para la instalación de una emisora, sucesora de la Ra­dio Euzkadi que el Gobierno francés clausuró, en tierras venezo­lanas, tan potente que pudiera escucharse en la Euzkadi interior. Intza iba, poco a poco, captando simpatías y confianzas, como las de Isidro Monzón, hermano de Telesforo, que ejercía en ese tiem­po con éxito, de arquitecto en Caracas: le dio el primer donativo importante para la tarea, exclusivamente a su nombre, en un so­bre. Tras este acto inicial de confianza, debido a las fórmulas po­líticas que se decantaban por la resistencia pacífica o la violenta, hubo discrepancias entre los dos.


Contaba ya con la lealtad de un grupo de jóvenes del Cen­tro, los que le ayudarían a llevar a cabo estupendas realizaciones, entre ellas, Radío Euzkadi. ¡,a voz de la Resistencia Vasca en el Kxilio. Aunque habría ck- tener numerosos contados personales, todo* ImporliinlcN, el que nos lleva ñuta directamente a KaclloEuzkadi/Euzkadi Irratia, es el que mantiene con Xabier Leizao-la Aspiazu, hijo de Ricardo y María, sobrino del Lehendakari Lei-zaola. Era el mayor de nueve hermanos, nacido en Euskadi, y se dedicaba a trabajos de tipografía, aprendidos de su padre. Era un hombre de carácter apacible pero de ide^s inquebrantables. En su haber puede decirse que siempre «stuvo al servicio del país sin necesariamente ubicarse en puestos gratificantes. Era un hom­bre sensato en sus opiniones, comedido en sus juicios, amable en el trato. De buena estatura, con un abundante y espeso cabello oscuro que el tiempo plateó, destacaba en su noble fisonomía la sonrisa amplia y amable que iluminaba sus ojos castaños. Casado con Celia Matxain, poetisa, y de la que fue novio casi desde niño, tuvo de esa unión feliz, seis hijos.


Otro personaje que se une al grupo es Alberto Elosegi Amun-darain, nacido en Donostia en 1924. Abogado por la Universidad de Salamanca en 1950, asistió a su hermano mayor Kintxo como pasante en el juicio de Vitoria de 1953- Detenido, procesado y en­carcelado por actividades subversivas, decide exiliarse a Venezue­la. Junto a él parte Jone, compañera fiel, que en el Centro habría de organizar un grupo de danzas. Elosegi era tesonero, imperioso e infatigable en su quehacer. En Caracas encuentra trabajo como periodista en la revista Momento, de gran divulgación, y que lo conecta con personalidades como la de Gabriel García Márquez, el escritor colombiano que habría de obtener el Premio Nobel, Plinio Apuleyo Mendoza, uno de los gigantes del periodismo ve­nezolano, y Karmele Leizaola, maquetista de reconocida fama y difícil oficio por entonces.


No tardará mucho Elosegi, por presión de Intza, en fundar el periódico Gudari en un formato apto para distribuirse en el in­terior de Euskadi. Este periódico será soporte de la información radial, pero también el que promoverá, divulgará y logrará el mo­vimiento clandestino de los Aberri Egunas que comienzan desde 1964 a manifestarse en el país como rechazo a la larga dictadura. La nueva generación se impacientaba. El lema de Gudari era el de los Infanzones de Obanos: «Hombres libres en Patria Libre», y la foto portada con que se anunció el Aberri Kgima de Gernika, de 1965, es el de un joven de espaldas al e.spectador pero frente al Árbol, Incllnutlu la cabe/.a en postura revorenle, con las mimos en la espalda sosteniendo la boina. Calza abarkas, un pantalón ceñido por las medias montañeras y un jersey cubre su torso. Era en blanco y negro y causó impacto. Aún lo causa.


Gudari se empezó a publicar en Venezuela y así seguiría du­rante años. El único número que no se publicó en Caracas fue el dedicado al Juicio de Burgos, por las exigencias extraordinarias del caso. Ese número especial se le encargó, aunque el material literario provenía de Caracas, a Jokin Intxausti que vivía a caba­llo entre Donostia e Isturitz, hijo de Manuel Intxausti, un hombre generoso con la causa vasca, y fue supervisado celosamente por Joseba Rezóla. Este Gudari dio la vuelta al mundo, puede decir­se que internacionalizó el problema vasco, conmoviendo a la opi­nión pública internacional. En Caracas se difundió, el grupo EGI movió los medios, y el entrañable Bernardino Bilbao, hombre de STV, recurrió a los sindicatos, con él en la mano.


De tal forma se actuó, que el Congreso Nacional de Venezue­la dedicó una Sesión Extraordinaria al caso vasco. Se paralizaron los aeropuertos durante una hora, en protesta a la medida cruel de un dictador que no se saciaba en su venganza sangrienta, y se hizo la única manifestación de los vascos de Venezuela en la ca­lle, por la avenida de Sabana Grande.


Cuando los condenados a muerte fueron amnistiados, el Cen­tro Vasco de Caracas/Euzko Etxea desbordó de un entusiasmo vi­tal y generoso. Parecía que se recobraba la libertad, tramo a tra­mo, como lo habían hecho los gudaris en los Intxortas... Euzko* Guda riak gera / Euzkadi askatzeko...


Elosegi se instituyó como Director de la Sección Editorial de Radio Euzkadi/Euzkadi Irratia. Años después, en una crisis perso­nal debido al agotamiento, parte hacia Inglaterra con su familia,. en una primera parada que luego lo llevaría a Euskadi, concreta­mente a su Donostia natal. Gudari pasa de sus manos a las del joven Iñaki Anasagasti, en quien deposita una extraordinaria con­fianza en un hombre tan poco dado a delegar. Le traspasa tam­bién el nombre cíe batalla: Ronwro,


Nos aparece en escena, aunque ya lo leníamos en l'Yancia eon l;i primen) Ruello líu/kacll, José Joaquín (Jokin o J. .)., como-habríamos de llamarlo) Azurza, el técnico en telecomunicaciones. Después de su actuación en la Radio Euzkadi europea, se allega a Venezuela, junto a su esposa Begoña y sus dos hijos. Comien­za a trabajar en una petrolera, en el estado del Zulia. Él fue quien tuvo la idea de montar una radio.


La Compañía adoptó la decisión de renovar el material de te­lecomunicaciones que mantenía, y a Azurza le pareció buena idea comprar las cuatro torres emisoras, trasladarlas a Caracas, y mon­tar una radio clandestina. Cuando lo comentó con Intza, a éste le pareció bien, y cuando el grupo, reunido en sus sesiones semana­les, se enteró del asunto, le dio el visto bueno. A nadie se le ocu­rrió encontrar dificultades al proyecto. Y las tenía y muchas.


Si Elosegi era moreno, delgado aunque no frágil, Azurza es un hombre rubicundo, potente, de ojos azules muy expresivos, piel blanca y cabello rubio. Era comunicativo, de sonrisa rápida y hablar abundante. De carácter optimista y un profundo patriota. El grupo nuclear estaba compuesto, pero van a acceder a él dos jóvenes más.


Uno es Pello Irujo EHzalde, sobrino de Manuel Irujo Olio, el dirigente navarro, y nieto de Daniel Irujo Urra, el brillante defensor e íntimo amigo de Sabino Arana Goiri. Los Irujos de Estella/Lizarra eran familia adherida desde los principios al Na­cionalismo Vasco, castigada duramente con la expropiación de casa y tierras, encarcelamiento y destierro por los militares vencedores.


La misión concreta de Eusebio, por orden del Gobierno Vas­co, era rastrear a los vascos allí donde estuvieran, hospitales, con­ventillos y haciendas del interior de la isla, sometida a la férrea dictadura del general Trujillo, para enviarlos a Venezuela, donde parecía más seguro el porvenir. Fue de los últimos en partir de San­to Domingo, cumplida la misión salvadora, entre los que se con­taba Pilar Carrascal, la que era madre de un futuro yerno, rumbo a Venezuela, donde tras largos años de soledad, recibe en 1948 a la familia.


La familia tardó años en reunirse con él, entre cosas porque el Atlántico estuvo vedado a los barcos mercantes hasta el final de la Guerra Mundial. Pello conoció a su padre a los 8 años, cosa que siempre lamentaría.


El presente era trabajo, trabajo y trabajo, algunas veces des­medido, y dinero, dinero, dinero, siempre escaso. A más de ocho mil kilómetros de la Patria, para muchos desconocida, se trabaja­ba para la recuperación de su libertad y de su identidad. «El hom­bre es un aventurero de la utopía», afirmó Germán Arciniegas. Jorge Oteiza repetía: «La aventura puede ser loca pero el aventu­rero debe ser cuerdo». En verdad, sin los sueños, sin las atrevidas propuestas de futuro, sin la generosidad del ánimo, tiempo y bol­sillo, apenas puede entenderse cualquier acción humana.


Y mucho menos una del calibre de Radio Euzkadi/Euzkadi Irratia.


Grupo EGI Caracas. Realizaciones

Dinero, dinero, dinero... —clamaba Jokin Intza y no sin ra­zón. Nada puede llevarse a cabo sin dinero, añadía preocupado, fijando sus ojos en los componentes de la Mesa Cuadrada. Eran demasiado jóvenes y estaban, en la precariedad que resulta del exilio, comenzando desde la nada a levantar sus vidas económi­cas. Todos ellos, sin excepción, dependían de sus trabajos, del ascenso que en ellos pudieran obtener, para resolver el proble­ma monetario no tan solo de ellos mismos, sino de sus familias. Había que pensar seriamente en cómo conseguir, además, dinero para la empresa que se proponían. Los que componían el grupo y los que iban llegando después, tenían que tener claras dos co­sas; era una labor que* iba ;i requerir mucho tiempo tk' sus vidas y, además, mucho dinero di1 sus bolsillos.


Por de pronto comenzaron con una reunión semanal en la que se debatían con orden los temas a tratar. Durante 13 años a esta reunión semanal, llamada La Mesa Cuadrada, no faltó nadie, y después faltaron muchos de los que regresaron a Euskadi para seguir en otras reuniones de partido o de trabajo. Aún se siguen reuniendo en Caracas los que en ella quedaron, para debatir los temas de la política vasca.


Primeramente se congregaron en un apartamento de La Can­delaria, el populoso barrio que, desde la colonia hasta nuestros días, está poblado por inmigrantes canarios. Una bella y blanca iglesia colonial, bajo la advocación de la Virgen de la Candelaria, con su plaza de altos y frondosos árboles, vuelven placentero un barrio cuya arquitectura modesta carece de la espléndida estética de los edificios de la zona este de Caracas. Aparece registrada en los planos de la Caracas primigenia, y es protagonista en la rebe­lión que se llevó a cabo en el s. xvm de los canarios, comandados por Francisco León contra la poderosa Compañía Guipuzcoana, al grito de «que se vayan esos vascos que ni españoles son».


En las casonas destartaladas por los años, se instalaron pen­siones baratas, para los hombres y mujeres solitarios empeñados a costa del sacrificio de sus vidas «hacer las Américas.» La Cande­laria está, además, o por eso mismo, saturada de bares y restau­rantes de cocina económica, algunos regentados por vascos. Un denso olor a aceite de oliva refrito y patatas y chorizo parecía ser parte de la atmósfera del barrio.


Más tarde las reuniones se celebraron en el apartamento al­quilado por el grupo EGI en el edificio La Sierra, situado en la Avenida Libertador, al este de la ciudad. Hoy, se reúnen en la ofi­cina de López en Boleita, en el extremo este de Caracas.


Todo empezó con las tarjetas de Navidad. Por supuesto el tema era religioso pero desde el punto de vista vasco. No faltaba en el Belén la ikurriña, los pastores vestidos a la usanza del país, y el Zorionak escrito en letras resplandecientes. Cada año se cur­saban cientos de felicitaciones a todo el mundo para desear unas fiestas entrañables en las que todos, según la entrañable canción vasca, ¡sentían el llamado de la patria. l,a vieja canción tic- convo­catoria para sehahii1 H regreso.., Alor, alnr, niuttl t'xt


Así, mientras los jóvenes de Euzko Gaztedi del Centro Vasco/ Euzko Etxea organizaban los Coritos de Gabon e iban cantando la canción de casa en casa y recogiendo dinero, los jóvenes de EGI, además de integrarse en los coritos, vendían las tarjetas para idéntico fin. Ayudar a la resistencias vasca. A los hogares de los perseguidos. A la distribución de la propaganda en el país. Había sus diferencias. Los Coritos de Gabon enviaban directamente el dinero a París a través de la Delegación. El monto de las tarjetas de Navidad lo administraba el Grupo EGI y llegaba a la resisten­cia a través de Mikel Isasi, en Laburdi, con el visto bueno de las autoridades del PNV/EAJ y del Gobierno Vasco. La pugna en una tarea común movilizaba la actividad al máximo.


Aquello marchó bien. Como se necesitaba más dinero, se idea­ron cosas nuevas. De las románticas tarjetas de Navidad se pasó a las quinielas. Eran absolutamente ilegales y, por tanto, susceptibles de ser penalizadas si eran detenidos por la policía venezolana. El juego, excepto en dos de sus manifestaciones, la carrera de caba­llos o «5 y como popularmente se le llamaba y la Lotería nacio­nal, estaba prohibido en todo el territorio nacional. Los apasiona­dos del juego, los más ricos, solían embarcarse en los aviones de la línea KLM para llegarse a la isla de Aruba, en pleno Caribe, que fue posesión holandesa, donde se pasaban el fin de semana en el paraíso del juego en todas sus variantes: ruleta, cartas, maquinas, etc. Aun resultaba más temerario el asunto de las quinielas si, ade­más de su ilegalidad, estaba auspiciado por una sociedad que fun­cionaba' sin estatutos legalizados, y tenían como fondo el fútbol que se jugaba en el Estado español.


Pero todo vasco lleva en el alma algo de contrabandista, de hombre que vive con rectitud su vida privada pero que sabe caminar entre las fronteras de la ley imperante, que divide en dos, injustamente, su territorio. Eso Intza lo midió con exacti­tud. Impartía escueta pero firmemente órdenes precisas a su equipo para que aquello rodara sin problemas. Y funcionó bien. Los más jóvenes, e Intza en su coto predilecto de La Candelaria, donde deambulaba con facilidad como en los tiempos heroicos de la Resistencia en las 7 Calles de Bilbao, distribuían las hojas cíe quinielas, se encardaban de recogerlas y organt/ahan el mon­taje de premios.


Todos los que compraban la hoja de quiniela tanto en el Cen­tro Vasco como en el mundillo subterráneo de La Candelaria, o en los medios laborales y empresariales a los que llegaban los jó­venes componentes del grupo EGI, sabían que aquel era el juego más azaroso de todos, entre otras cosas porque los compradores tenían que confiar en la palabra de los vendedores. Como eran vascos, los criollos confiaban. Y un vasco en América, siempre confía en la palabra de un compatriota. Es un acuerdo tácito, por encima de cualquier rencilla personal.


En vista de que las cosas marchaban, el equipo se fue animan­do. Se decidió hacer un troquel para vender medallas de oro y pla­ta. Eran preciosas. Por una lado estaba estampada la faz de Sabino Arana Goirí, por el otro el escudo de Euskadi, tal como los patrio­tas vascos lo querían, con sus seis regiones históricas. Por supuesto que se discutió arduamente sobre la confección del escudo. ¿Era la Baja Navarra independiente o no de Navarra? ¿Se pondrían seis o siete escudos, por lo tanto? ¿Qué hacemos, con los cañones de Gi-puzkoa?... Ayudaron a la invasión de Navarra en 1512...


Este era el tema que Irujo el joven polemizaba con ardor ra­yano en la violencia, dada su condición de navarro. Jokin escu­chó y al final sentenció. Nada de cañones traidores a la esencia de la unidad vasca. Nada de desmembrar Navarra en dos. Para apaciguar los ánimos revueltos gritó con voz temblorosa: ¡Gora Euskadi askatuta! Así se decidió el escudo sin cañones y con seis territorios históricos. Ellos reconvirtieron el Zazpiak Bat tradi­cional, en el Seiak Bat de la nueva Euskal Herria, la que ellos, a ocho mil kilómetros de distancia, ayudaban a forjar para la Euro­pa del futuro.

Esa Europa de los pueblos que iban modelando los visiona­rios, los hombres cansados de las guerras, las matanzas, los impe­rialismos, las presiones militares; las injusticias y vejaciones histó­ricas.


¿Y la ikurriña? ¿Por qué no la ikurriña? Esta era la cuestión que manifestaba otro del grupo, recién llegado del interior de Ve-nexuela, recio hombre de ideas contundentes en el terreno na­cionalista y también en el de su vida cotidiana y laboral, Domeka laxarte.


La Ikurriña necesita un esmaltado especial para sus tres colores. Encarece mucho el trabajo sobre los metales preciosos —dictaminó Intza rotundo, agregando: No todavía, Domeka.


La idea no se desechó, y cuando se decidió elaborar llaveros «dado el éxito enorme» de las medallas, en metal, lo cual abarata­ba el costo, se hicieron con la ikurriña esmaltada en sus brillantes colores, y otros con el escudo. Se agotaron.


Y ¿por qué no la efigie del Lehendakari Agirre?, preguntaba el joven Guillermo Ramos, joven delgado, moreno, de cara alar­gada y vivaces ojos negros. Su nacionalismo estaba nutrido en las fuentes del Centro Vasco/Euzko Etxea y para él, la imagen del Lehendakari, a quien recordaba en su última visita a Venezuela, enardeciéndolos con su esperanza de retorno, era la imagen viva de la patria lejana. Sabino Arana es el maestro de todos los nacio­nalistas, los de PNV/EAJ, los de STV, los de ANV, aun de los socia­listas. Es la fuente de donde todos bebemos la esencia de la pa­tria, apoyaban otros. Así que en los futuros llaveros se estamparía la semblanza del querido Lehendakari muerto.


Intza zanjaba así las cuestiones planteadas. Todos habían ex­presado su opinión, y a viva voz, como era costumbre, y final­mente él decidía lo que era posible hacer. Ninguna de las suge­rencias quedó en el vacío. Era un capitán tozudo, despótico, pero al mismo tiempo complaciente. Escuchó siempre a todos y, para dirigirlos con cohesión y autoridad, dio a cada cual su razón.


Las monedas se vendieron como rosquillas. Nadie se negó a comprarlas. Las de oro salieron con más facilidad que las de plata, en aquella Venezuela opulenta. Por aquel tiempo estaban de moda las pulseras estilo cadena, de las que colgaban todo tipo de acceso­rios. Ninguna mujer del Centro Vasco/Euzko Etxea, por mayor pe­nalidad que estuviera pasando, dejó de llevar en su pulsera, aunque ésta fuese de metal ordinario, la moneda de oro del grupo EGI.

Los beneficios comenzaban a ser abundantes. Los jóvenes trabajaban a destajo en toda esta serie de operaciones: diseño y encargo del material, recogida, venta y distribución del mismo, compra exigente1 del material Nohranle. Ini/a entrenaba a cada uno mi montón correspondiente y no ¡uvplaba devoluciones, ya que eso, evidentemente, constituía un fracaso. No se había sabi­do convencer de lo bueno del material y de lo noble de su finali­dad, argumentaba rotundo, enojado.


Sea tarjeta de Navidad, qui­niela, moneda o llavero, razonaba, se había fallado en comunicar la esencia de la operación. Todo eso se hacía para la Resistencia Vasca. Para el trabajo de Libertad que se realizaba en la Patria. ¿Cómo alguien, alertado de ese propósito, iba a rechazar la com­pra de los objetos?


Las reuniones se hicieron más frecuentes. Se estrecharon los contactos y nacieron amistades perdurables. En todo el grupo se formó entonces y para siempre una cohesión que habría de so­portar la división política que siguió en el 86, del PNV/EAJ, y que dio lugar al nacimiento de Eusko Alkartasuna. Su trabajo y su in­terés estuvieron por encima de la política partidista. Sois los nue­vos gudaris de Euskadi, repetía Intza...

... Mendi tontorrean / Goazen gudari danok / Ikurriñen atzean...




EMEN EUZKADI IRRATIA.

EUZKO ERRESTENZIKO GUDARIEN DEYA.


Aquí, Radio Euzkadi. La Voz de la Resistencia

Vasca que transmite todos los días tres

programas en 13250 y 15000 kilociclos... 1965


Hacía calor en el estado Zulia. No más que otros días, igual que siempre, J. J. Azurza lo resentía. Su pálida tez y sus ojos azu­les parecían ceder fácilmente a la apretura del clima tropical y al sol tórrido de Maracaibo. Por otra parte, andaba acelerado. Iban a traer elementos nuevos (torres, emisoras, etc.) para moderni­zar la radio de la Compañía Petrolera para la cual trabajaba, la Shell. Las viejas torres emisoras, levantadas sobre la tierra roja y caliente del Zulia, calificadas por los técnicos como de la guerra de Crimea, pensaban enviarlas a una chivera, como se denomina en Venezuela a las chatarrerías. J. J. fue a revisar el vetusto apara­to al que tantas veces manipuló en sus funciones de trabajo, pero con una nueva visión, mucho más crítica. La emisora necesitaba urgentes retoques, pero él sabía cómo hacerla funcionar. Sus ex­pertos dedos, finos y delicados como los de un pianista, se mo­vieron por el cuerpo de hierro de la maquinaria. El viejo armazón vibró. Fue entonces, así lo contaba, cuando la Idea se apoderó de él, como le sucedió a Pablo en el camino de Tarso. Había encon­trado lo que necesitaban los vascos para comunicarse a través de los muros de la dictadura.


Llegó í\ la reunión de la Mesa Cuadrada de los lunes, sin aliento, tra.s haber conducido las m¡is ck1 die/. horas que separa­ban Maracíiibo ck- Canua.s. Le ofrecieron, en bromas, agua, hie­lo y whisky, o unii i. e r ved tu Polar, bien l'ríii. Lo reí luí/o lodo ron gesto impaciente, pues tenía prisa en detallar su plan. Intza, a quien le había adelantado el asunto, miraba con ojos ahuevados y semi cerrados a cada uno de los compañeros de la Mesa Cua­drada. Como ios conocía bien, sabía que nadie iba a rechazar la oferta de J. J., como así fue.


Los iba ganando sin demasiado esfuerzo. Cuando detalló la cantidad de dinero necesaria para la compra de la maquinaria y su traslado, unos seis mil bolívares, nadie pestañeó. Era una re­baja considerable a los tanteos que se habían realizado con an­terioridad, a instancias de Rezóla, y del Gobierno Vasco. Según informes del propio J. J. y de Iñakí Elguezabal, y apartando las consideraciones técnicas para una audición que debía cubrir ocho mil kilómetros. Sin ir más lejos, el costo de un transmisor (que habría que comprar en Estados Unidos y transportarlo a Ve­nezuela) podría alcanzar los 15-000 dólares, según su sofistica-ción. El bolívar, por entonces, se cotizaba a cuatro por dólar (en pesetas a unas 60), así que la cifra resultaba alarmante y además, en semejante traslado, podía fácilmente detectarse el secreto de la empresa. Ahora tenían casi en la mano un aparato de 5 kw, con dos transmisores completos de la misma potencia, que le permi­tía funcionar al tiempo en dos frecuencias diferentes. El coste de este aparato, nuevo, podía ser de unos 50.000 dólares, aseguró fi­nalmente J. J.


Y estamos hablando de una zoquetuda.,, ¡seis mil bolíva­res! —reafirmó mientras limpiaba el cristal de sus lentes y son­reía satisfecho.


Todos estaban absolutamente desbordados por la emoción. El sueño podía hacerse realidad, tras largos años de debate, iniciati­vas truncadas, informes sesudos pero que paralizaban el proyecto por su excesivo coste en maquinaria y personal. Cuando llegó el consabido momento de reflexión, mientras J. J., ya callado, se de­dicaba a beber su cervecita fría, se hizo un silencio profundo. Intza dejó pasar unos minutos y finalmente, con voz recia, preguntó con un modismo venezolano que había asumido como propio:

¿Le echamos pichón?


Nadie iba a poner un pero al proyecto. Y menos con Jo-kin, el Gordo, como ya le denominaban familiar y cariñosamen­te, aprobando la acción. Su siguiente paso fue llamar a Ramón Otxondo, que vivía en El Tigre, localidad del interior de Vene­zuela, y que mantenía una situación económica ventajosa, para pedir la financiación inmediata, cosa que logró sin problemas. A más, la oferta generosa del patriota Otxondo se ensanchó hasta ofrecer pagar sueldo de una persona para el cuidado de la emisora por seis meses. Nadie creía que podría durar más. Tam­bién Otxondo se ofreció a buscar un terreno idóneo por los al­rededores.


Cuando he hablado o entrevistado, mucho después, a los componentes de EGI sobre aquel momento, en ninguno de ellos palpé otra cosa que una decidida movilización hacia la empre­sa. Pello aseguraba que a él le pareció natural el paso a seguir. Todo estaba preparado para Radio Euzkadi/Euzkadi Irratia. El modo de obtener fondos económicos, la información bibliográfi­ca, la cohesión del equipo. Los inconvenientes no se sopesaron en ningún momento de esa euforia inicial, y en verdad eran con­siderables.


En primer lugar Radio Euzkadi/Euzkadi Irratia debía ser clan­destina tanto para los vascos como para los venezolanos, pero había que llegar a ciertos políticos importantes, para que hicieran la vista gorda. Eso, en cierto modo, ya lo llevaban algo adelanta­do Xabier Leizaoía, Alberto Eíosegi e Iñaki Zubizarreta, cuyos co­nocimientos del medio político venezolano y su intrusión en la política era más profunda. Tenían, desde las primeras conversa­ciones, la tarea de mover ciertas fichas para que no se paralizara cualquier acción emprendida. Rezóla, entre tanto, incansable en su afán, se movía en Europa, en el medio de la Democracia Cris­tiana, para el logro de los fines. Pero no obtuvo la respuesta re­querida.


Se insistía, pese a tantas diligencias, en el secreto de la em­presa. Era importante. Como se sabía del espionaje de la Embaja­da española, la petición cíe partidas monetarias debía disfrazarse, aun en los jímbltos del Centro. No se iba a poner confian/a en nadie porque no es que se denronl'lura, sino que se leinía que al-guien pudiera irse de la lengua. Rezóla advertía desde París del peligro de los tres enemigos: la imprudencia, la chivatería, y el caso fortuito. Contra ellos habrían de luchar los del grupo EGI, aunque hubo sus momentos de alarma porque ciertas personas se acercaron demasiado a la verdad.


Las torres de la emisora no podían colocarse en Caracas, era evidente, pero no tan lejos que se hiciera penoso el traslado a ellas, ya que los miembros del grupo nuclear vivían en la ciudad. Por eso se descartó el terreno de El Tigre que señalaba Atxondo, uno de su propiedad. J. J. habló al principio de cuatro torres, lo cual era un volumen considerable, y necesitaban espacio abierto, pero la grabación del material debía realizarse en un apartamen­to, no demasiado lejano al centro reproductor.


Azurza, con la conformidad del grupo, se convirtió en el Con­sejero Técnico, y nadie osó dudar de sus conocimientos en te­lecomunicaciones —su trayectoria profesional era impecable—, ni le puso pega alguna. Más tarde le ayudaría en su trabajo Jon Mikel Solabarrieta. Los puestos eran muy oficiosos aunque a la larga, todos hicieron de todo. Desbordados, hablaron finalmente de mantener una persona fija para asegurar la grabación cotidia­na y se señaló al joven Iñaki Anasagasti, para Caracas, y otra per­sona para guardar el lugar en la selva donde se iban a instalar las torres emisoras.


El sitio fue encontrado pronto. La hacienda La Virginia, que incluía una laguna, cercana al pueblo de Santa Lucía, a 60 ki­lómetros de Caracas, parecía el lugar idóneo donde instalar las torres, que fueron transportadas penosamente desde el estado Falcón, en unas gandolas, como se llamaba en Venezuela a los grandes camiones.


El párroco del pueblo de Santa Lucía, Bonifacio Urkizu, en conversaciones con J. J., fue quien señaló la hacienda abandona­da, propiedad de Luis José García. Cuando fue a visitarla con el cura, J. J. decidió, mientras trajinaba por la maleza espinuda, bajo los viejos árboles, escuchando el canto de las paraulatas, que era en verdad el sitio perfecto. Cercana a Caracas, para acceder coti­dianamente a ella, pero no tanto como para que pudiera ser localizada


Radio Euzkadi/Euzkadi Irratia va a ser escuchada en Eus-kadi pero nunca, nunca, lo será en Caracas —afirmaba rotundo J. J., que se encargó de que así fuera, no solo por la elección del sitio, sino además por un medio muy simple en la técnica de te­lecomunicaciones, que desviaba las ondas libertarias del valle de Caracas.


Llegar a La Virginia no era fácil entonces, no lo es hoy día. Para 1964 la ciudad de Caracas se había extendido por todo el angosto y largo valle, comiéndose en su crecimiento vertiginoso los viejos pueblos de Chacaíto, Chacao, Campo Alegre, Los Cho­rros, levantadas las urbanizaciones de Altamira, La Castellana, La Floresta, Los Palos Grandes, Las Mercedes, El Rosal, y Sebucán, devorando el cemento la jugosa y verde hierba sabanera. Pero el pueblo de Petare continuaba estando lejano, y por Petare se pa­saba, siguiendo después (se dejaba atrás el Ávila, la gran monta­ña de Caracas, y se adentraba en el Estado Miranda en dirección sur) por una carretera estrecha, tortuosa, montañosa. Se seguía las fuentes del río Guaire, el río de Caracas, el cual cruzaba la ca­rretera varias veces, y en la época de lluvias se desbordaba impi­diendo el tránsito. Había abundantes controles de la Guardia Na­cional, pues había guerrilla.


El dueño de La Virginia accedió al proyecto, suplicando silen­cio para su nombre y cobrando un alquiler mensual simbólico de ochocientos bolívares. Además conectó al grupo EGI con un aba­nico más amplio de autoridades venezolanas, que no opusieron resistencia a la implantación de cuatro torres para la radio clan­destina de los vascos. Hay que añadir que la CÍA, a través de la Embajada Americana, dio aviso a las autoridades venezolanas de la instalación de una radio en Santa Lucía.


Más que el asunto político de la radio, que les era enojoso, al parecer les molestaba que las ondas vascas interferían las comu­nicaciones de índole comercial entre Gran Bretaña y Estados Uni­dos, caso muy grave, y un grupo de sus técnicos pudo detectar la emisora en las cercanías de Caracas. Dado este conocimiento, era más que probable que llegara a la Embajada de España, como lie-#ó, y que consecuente con ñus continua* redamaciones, dclataní el desafuero, pero nacía consiguieron uiion y oíros. A los ameri-canos se les calló afirmando que no era comunista y desviando las ondas, para no interferirles el negocio. A los españoles, con la frialdad de unas relaciones diplomáticas tensas, se les aplicó el si­lencio administrativo. Aunque Manuel Fraga, por entonces Minis­tro del Interior, era un demandante obsesivo.


Se dijo que hasta el mismo Franco despotricaba contra la ra­dio clandestina que hablaba con verdad de su régimen odioso. Exigía a su policía y a su embajada venezolana que, de una vez por todas, quitaran ese estorbo del medio. Había respirado tran­quilo el día de la muerte del Lehendakari Agirre, en 1960. Creía, con esa estólida mente militar y poco cultivada que era la suya, que la cuestión vasca acababa aquel día. Para su sorpresa, rena­cía en una generación criada a ocho mil kilómetros del país de los vascos.


Estas dificultades fueron vencidas, gracias a la intervención decidida del ministro de Relaciones Exteriores venezolano, Gon-salvi. De él sí sabemos el nombre porque incluso llegó a perso­narse alguna vez en las reuniones de la Mesa Cuadrada. Apoyó a los vascos en su empresa, incondicionalmente. Hasta les llegó a ofrecer otro terreno y unas condiciones más favorables si arreme­tían contra Fidel Castro, ya despejado de su talante libertario de la Sierra Maestra y que mostrando la faz de su dictadura atroz im­pulsaba la guerrilla que se mantenía en el interior del país y en la propia Caracas.


Pero el Grupo EGI, que no era comunista, era esencialmente vasco. Y nada y menos el dinero, podía ingerir en la pura natura­leza de ese sentimiento. Rechazaron la jugosa oferta al asombra­do Gonsalvi.


Mudarse, añadieron, para suavizar la negativa, arrastrando tras sí a Pedro y Pablo, nombres que se dieron a las torres emisoras, ya enclavadas en La Virginia, era comenzar de nuevo, y eso iba a dar más trabajo del que podían soportar; así, entre conversacio­nes, reuniones, comenlarioN, fueron (oreando el asunto.


Por un tiempo, el que duró la concertación, dejaron de emitir para apaciguar los ánimos de unos y otros. Fue el precio que tu­vieron que pagar. También fue vencido el miedo que tenían a su rival, Radío España Independíente, la voz de la resistencia comu­nista. Radio Euzkadi/Euzkadi Irratia resultó más fiable en su in­formación y responsabilidad dial.


Como se dieron cuenta de que La Virginia necesitaba su guar­dián y encargado de emitir los Talos, se escogió a Isaka Atutxa, soltero, de Galdakao, un gudari, por entonces sin trabajo, y que aceptó el arriesgado trabajo de custodiar una emisora clandestina en medio de la selva venezolana.


Euzkadik behar ñau. Euskadi me necesita —comentó sim­plemente, al aceptar la encomienda.


La tarde en Venezuela cae a las 6. Caracas tenía por entonces un tráfico denso e impredecible. Se estaban realizando las auto­pistas vértebras que recorrían la ciudad de oeste a este, pero nun­ca fueron ni parece que lo serán, suficientes. Pese al tráfico, que mantenía los coches (carros como se denominan en Venezuela) parados horas sobre la ardiente vía de asfalto, y las dificultades que suponía atender a sus vidas privadas y compromisos labora­les, los jóvenes del grupo EGI decidieron que trabajarían los sá­bados y domingos de sol a sol en las tareas de la instalación del equipo en los linderos de la laguna de La Virginia.


Bien duro, a pico y pala, compadre —afirmaban entre risas.


Durante meses las manos de aquellos hombres dedicados a oficios de administración y oficina, estuvieron tan curtidas como las de un obrero de la construcción. Añadiría que esos hombres despidieron también no el olor rancio del sudor que procura el tra­bajo físico, sino que transpiraban de sí algo de ese suave aroma de los araguaneys, los esbeltos chaguaramos, los espinudos habillos, ceibas con sus semillas aceitosas envueltas en una lana blanca, de algún caobo asilvestrado, y un mango generoso en sus frutos de­liciosos, que una ve/ cobijaron las esbeltas cañas de azúcar de la hacienda, esa humedad del fango de la laguna mansa, ese perfume de la flora Iroplcal. Y que sun voces, cuando llegaban de La Virgi­nia tenían en algo, lu dulce Nonorldad del omitir del turplal.


Había prisa. Rezóla, entusiasmado por la idea, apuraba las decisiones pues se sabía que ETA pensaba instalar otra emisora en Argelia. Eso hacía que el grupo se dedicara al trabajo con fre­nesí. Fueron finalmente ayudados por una cuadrilla de obreros; tal cosa fue asumida y con pesar como absolutamente necesaria. Se levantaron pues las cuatro torres, se embutió la emisora (dos transmisores, llamados Pedro y Pablo) en una choza, a resguardo de las tormentas y del sol tropical, y tuvieron que abrir caminos en la maleza, para instalar las antenas.


Se fabricó una txabola. La amoblaron con dos camas, una mesa y armario, y sillas para jugar las previsibles partidas de domi­nó y mus, e instalaron una nevera capaz para las cervezas a consu­mir. En todos latía la conciencia de que la soledad sería demasiado profunda para Atutxa, y el compromiso tácito era compartir algu­nas noches con él y se elaboró un calendario de responsabilidades que se cumplió escrupulosamente. Durante algún tiempo, al obser­var que la incomunicación gravaba demasiado en el ánimo de Atu­txa, le destinaron como compañero al navarro José Elizalde. Otras veces acompañaba a Pello Irujo su cuñado, Bingen Amezaga, mé­dico, y así Isaka era revisado profesionalmente, hablaba de sus do­lencias, cosa que siempre conforta el alma, y tomaba las medicinas correspondientes. Atutxa, a finales de 1966, tuvo un grave acciden­te de coche, y fue internado en una clínica. Durante su ausencia, los miembros del grupo se repartieron las tareas que, al ser diarias, ponían en peligro los trabajos personales. Así que durante la con­valecencia de Atutxa, decidieron ofrecerle el puesto a José Elizalde, y posteriormente se fueron turnando Juan Ortiz, Jotxu Castañero, Julián Atxurra. Años más tarde, tras una visita inesperada de miem­bros de ETA, se decidió contratar un guardia jurado venezolano.


Nadie dejó de cumplir con su calendario previsto para acudir sábados y domingos a La Virginia. El que llevaba los Talos, como se denominó a los cáseles grabados, solía siempre, por más prisa que hubiera, echarse unos «palitos» y jugar una partidita al mus con Atutxa. Corriendo el tiempo, el hombre se aficionó al pueblo de Santa Lucía, y solía estarse ahí algunas tardes. Nadie pregunta­ba qué hacía por aquellos predios un «musiú», según el argot ve-ne/.olano, tan rico como singular, es dedr un extranjero, de ojos duros, complexión robusta y hablar Inlrlneado... que- clase do trabajo realizaba en La Virginia. Él hablaba vagamente de unas per­foraciones a la orilla de la laguna.


Igual encontramos petróleo por ahí, compadre, y nos ha­cemos todos ricos —explicaba en la bodega del pueblo, antes de iniciar su recorrido por los dos bares de Santa Lucía. Nadie le de­mostró jamás desconfianza. Sabían todos lo locos que eran los extranjeros, sobre todo los europeos, con ese asunto de hacer «las Américas».


Ni Atutxa ni ninguno de los pobladores de Santa Lucía ha­bía escuchado hablar de El Dorado de los conquistadores. De esa ciudad al borde de una laguna donde se sumergía un cacique cu­bierto de oro y cuyo fondo no era de algas y carecía de peces, porque estaba cubierto de una inmensa pátina del precioso me­tal dorado. La que describe enfebrecido el aventurero inglés Wal-ter Raleigh, en sus vanos intentos de llegar a la Manaos prodi­giosa, con su lago Cassipa, antecedente en el paso del encuentro con Manoa. Como un río que en vez de gotas de agua las tiene de oro que se observan en sus bancos, cuando el verano caliente seca las fuentes de agua. En cierto modo, La Virginia era El Dora­do para los jóvenes del grupo EGI.

Atutxa fue gudari, pero antes fue baserritarra. Pronto insta­ló un corral, criando gallinas.



La cabeza de la operación radial, tras varios domicilios preca­rios, se instaló definitivamente en el apartamento del edificio La Sierra, llamado así por su curiosa arquitectura, parecida a una sie­rra. Era un apartamento amplio y ventilado en el que se acolchó un dormitorio para lograr grabaciones perfectas. Las demás de­pendencias estaban atiborradas de paquetes de propaganda, cajas con llaveros, estuches con las monedas de oro. Como si se trata­ra de los baúles de un barco pirata tras la algarada filibustera de Maracaibo. Esto me sorprende ahora, cuando recuerdo las cosas... la cantidad de monedas de oro y plata allí dispuestas. Era tal la rectitud de cada uno y la confianza del grupo, que nadie presu­mió un robo. Y es que no lo hubo.


Tampoco creyeron que pudiera haber accidentes. Y lo hubo. Protegieron la puerta del apartamento con chapa blindada. Se cui­daba de que los cigarrillos, en ese tiempo la mayoría fumaba, se apagaran. No se prendían los hornillos de la cocina. Pero un día, pese a las precauciones, Iñaki Anasagasti grababa uno de los Ta­los, aislado en su cuarto de grabación, y no se percató del incen­dio que comenzó en la cocina a causa de un corto circuito.


El fuego se fue expandiendo solapado, apremiante... cuan­do Iñaki, finalizado el trabajo, abrió la puerta del cuarto acolcha­do, se enfrentó a una nube de humo tan densa que se quedó sin aliento. Cerró la puerta para tranquilizarse, contando hasta diez, y pensar en cómo salvarse. Su única salida de escape, la puerta, estaba bloqueada por el niego. Corrió hacia la ventana del cuarto, al parecer convertido en su panteón, forzó el acolchado, logrando abrirla penosamente. Desesperado se trepó al alféizar, y solo en­tonces recordó que estaba en el tercer piso.


Gritó. Gritó a pleno pulmón. Con las fuerzas cíe la desespe­ración. Por entonces el humo había atraído la atención de varias personas que llamaron a los bomberos que1, ¡ti ver al joven en la ventana, temieron lo peor. SI sallaba la nuierle era segura. Si se quedaba, también.


El fuego lograría penetrar en el cuarto, empujándolo al va­cío. Menos mal, por aquella vez, que Caracas era una ciudad en perpetuo estado de construcción. A poca distancia del edificio La Sierra estaban levantando otro y una grúa gigante maniobraba ahí. Advertidos de la trágica contingencia, manipularon la grúa hacia el joven que permanecía en la ventana, y le animaron a dar un salto en el vacío, hacia la grúa, pues no podían acercarla total­mente a la ventana.

¡Calcule bien, musiú\ buen brinco.

-gritaban los peones—, y dé un

Era su única posibilidad de salvación. Iñaki, así lo contaba después, se serenó, calculó la distancia, obvió el precipicio a sus pies, y saltó. Logró engancharse a la grúa. Y salvarse.


Intza fue el encargado de despistar a la policía que, al ver li­bros chamuscados, se dedicó a inspeccionarlos, y los encontró sospechosos. Tras una tarea de disuasión, unos bolívares de dis­tracción en los bolsillos, los agentes se retiraron sin dar el soplo de la extraña oficina que operaba en el incendiado apartamento del piso tercero del edificio La Sierra. En algunos apartamentos funcionaban burdeles. Eso no llamaba su atención.


Quizá lavando la desenfrenada imagen del edifico La Sierra, puedo afirmar que en mis largas esperas en lo que era su sala, mientras Irujo, tanto Manuel como Pello, grababan el Talo, mi hijo Xabier dio sus primeros pasos en solitario. Desdeñó de mi mano y caminó, vacilante pero independiente, sobre el opaco pa­vimento de granito de la sala, que no contenía mueble ninguno sino las cajas de las monedas de oro dispuestas a los lados, y en las paredes el afiche de Gernika, aquel que pregonaba «Gernikan gizona».


Allí irá —afirmó Pello con los ojos ilusionados, y fue esa la primera vez que hablamos en serio del retorno a la patria de la que nuca habíamos partido.


LAS MUJERES Y RADIO EUZKADI/EUZKADI IRRATIA


La Mesa Cuadrada la dirigía Jokin Intza y estaba compues­ta por hombres y aunque las mujeres colaboraban, ninguna lle­gó a la autoridad y categoría de Garbiñe Urresti, que fue admiti­da en esas reuniones semanales y por siempre jamás. De la casta bravia de las mujeres de Ondarroa, era una mujer alta, de buena planta, cabello plateado, ligeramente ondulado. Sus ojos negros eran muy vivaces y poseía un temperamento fuerte pero amable. Al poco tiempo de ingresar en el grupo se la empezó a conocer como Golda, en referencia a la presidenta de Israel, Golda Meier, por serle semejante en físico y resolución de carácter.


Su firme y buen criterio, que Intza respetaba, prevaleció en las muchas decisiones que se tomaron y se encargó con eficacia de la administración. Cuando Anasagasti decide regresar a Euzka-di, Golda le sustituye en la más que difícil tarea, junto a Jon Gó­mez. Hace poco murió en Caracas y en el teleberri de EITB se la mencionó en una breve noticia. Mucho más hubiera merecido una mujer de sus méritos y de tanta entrega a la causa nacional vasca.


Como locutora permanente se contó con Maite Leizaola, pero también con Julene Urzelai, la mitinera de Emakume Abertzale Batza en los tiempos anteriores a la guerra, cuando se luchaba por conseguir el Estatuto Vasco. Era una mujer preciosa. De esa gracia que parece propia de la mujer de Gipu/koa. Con el cabello dorado, los ojos de un a/.nl celeste, dulce la sonrisa y finid 1 el cuerpo, no envejeció. Tenía la voy. armoniosa que emocionó a su generación y u la que nos levanlílbunuw en Vene/líela, EÍMliihu llena de gracia, como el Ave María, y con ella en Radio Euzkadi/Euzkadi Irratia se rememoraba un tiempo de lucha verbal, de agitación patriótica, de un cierto sentido de igualdad femenina en la lucha política.


Como empaquetadora de Gudari se contó con la colabora­ción de Karmele Leizaola, cuya reputación en ese ámbito profe­sional era reconocida por el periódico El Nacional, uno de los más prestigiosos de la América Latina por aquel tiempo. Karmele solía a más, grabar en euskara y castellano que en ambas lenguas tenía una voz agradable y autóctona. A quien esto escribe se la desechó por su acento americano, y sin contemplaciones, así que me dediqué a colaborar modestamente, eran mis primeros pinitos literarios, en Gudari.


CONSIGNAS TRANSMITIDAS POR RADIO EUZKADI/EUZKADI IRRATIA


Durante los trece años de su existencia, la Emisora comenzó con su lema: «Aquí Radio Euzkadi la Voz de la Resistencia Vas­ca...», pero aparte de su editorial, en las páginas de Gudari ve­mos lo que el grupo EGI en realidad quería que fuera su radio: un Irrintzi de Combate. Oírla era una obligación moral. Trasmi­tir sus mensajes, un deber. «Vasco: anima a los jóvenes gudaris de R. E., enviando informes de recepción a la siguiente direc­ción: Boite Postal 59. París. Francia.» «Contra los rumores, Radio Euzkadi/Euzkadi Irratia», afirmaban en Gudari y en la propia Radio. «EGI. Con la verdad. EGI con la acción. EGI con la rebe­lión. Hacia la libertad». Luego se sucedían las consignas para los días de Aberri Eguna, para las huelgas. Se repetían en cada Talo que se facturaba. ...

Irrintzi bat entzun da mendi tontorrean...


Actuacion poca conocida de 4 sacerdotes vascos en Radio Euzkadi


Aita Patxi Albizu comentaba que cuatro curas de la misma promoción y que estaban en Venezuela, nunca hablaron de ello estando involucrados en trabajos para la Txalupa, nombre que camufladamente se le daba a la Radio Euzkadi que estaba bajo la férula del gobierno pero que nadie sabía que se encontraba en Venezuela y el nombre de Txalupa se le puso para que se creyera que estaba en un barco pesquero en el Golfo de Bizkaia.


Los curas aludidos fueron Boni Urkizu, Iñaki Ugalde, Antonio Mendiluze y Aita Patxi Albizu. servían de locutores en euskera y lo hacían muy bien.en especial un programa muy completo en relación al juicio de Burgos y otros más. la sintonía era en euskera, castellano, inglés y francés que se utilizaba.


Los lunes iba al edificio Sierra y luego Pacairigua donde estaban los estudios y grababa el programa del día y dejaba grabados varios de la semana.


Aita Patxi fue asimismo director de la Ikastola que funcionó en el Centro Vasco de Caracas con nada menos que 130 niños y seis andereños.


Fue capellán de la colectividad y todos los primeros domingos de mes celebraba, en la iglesia de San José de Tarbes


EL DÍA FINAL


La labor duró trece años. La utopía fue hecha realidad. A par­tir de 1972 el grupo nuclear se va instalando en Euzkadi y se in­tegra en las acciones de PNV/EAJ. Particularmente emocionante fue la llegada de Alberto Elosegi y su familia en 1977, arribando a Santurtzi en el ferry de Londres. Acogiéndose a la Amnistía Real concedida ese año, llegaba a tierra vasca en un vetusto coche in­glés, con Jone, la compañera inseparable y valiosa, con sus hijos, pequeños aún. Traían la niebla del Támesis en los ojos y se en­frentaban a la polución de una Bizkaia arruinada económicamen­te, con los fuegos fatuos de Altos Hornos ardiendo a la margen izquierda del Nervión.


En la rada le esperaban Intza, Anasagasti, Azurza, Irujo y Leizaola. Elosegi bajó del coche con lágrimas en los renegri­dos ojos, y fue dando un abrazo a cada uno de sus compañe­ros y uno más fuerte, a su capitán Intza. Nadie dijo una palabra porque la emoción era singularmente fuerte. Tras un rato, Intza irrumpió en un ¡Gora Euzkadi Askatuta! que resonó en el mue­lle y al que todos contestamos, ante la sorpresa de los que nos rodeaban.


En aquel tiempo se tentaba mucho la suerte proclamando la verdad vasca. Pero el grupo nuclear afirmaba cabalmente su com­promiso hasta el último extremo: el regreso a la patria y el traba­jo de seguir velando por su libertad.


y vascos, a nuestros familiares y a nuestros muertos en el pan­teón de los vascos del Cementerio General del Sur.


Dejábamos una parte de nuestra existencia en América y teníamos que com­poner lo que nos quedaba en Euskadi. Desdeñábamos de una fu­tura prosperidad económica. Comenzábamos una vida nueva en el viejo país de nuestros padres y, en cierto modo, advertíamos cuánto habíamos cambiado respecto a ellos. Nunca seriarnos del todo vascos porque jamás dejaríamos de ser del todo americanos. Con esa dualidad habíamos de vivir, como si fuéramos cada uno de nosotros las dos emisoras, Pedro y Pablo.



El grupo nuclear EGI Caracas hizo un último esfuerzo con­junto pues la vida los iba a disgregar: Anasagasti se quedaba en Bizkaia, Azurza, Elosegi e Intza en Gipuzkoa, e Irujo en Na-farroa. La despedida de la Radio era también la despedida del equipo.


El cierre de Radio Euzkadi/Euzkadi Irratia se anunció al final de la Asamblea. Le tocó a Pello Irujo un cometido difícil porque debía anunciar a los allí congregados, alma y nervio del país en el futuro, que la radio, alma y nervio de su generación en Vene­zuela, emitía su último programa en Santa Lucía.


Que Pedro y Pablo, tras trece años de labor continua, calla­ban para siempre.


Entre tanto, en Venezuela, aquel 30 de abril de 1977, el resto del grupo colocó el último Talo en el cuerpo de la emisora. Pedro y Pablo escupieron su humareda habitual e hiparon sus últimos ruidos. El programa fue breve. Había tanto que decir que ellos también lo sintetizaron en una sola frase: «La labor está cumpli­da.» Lágrimas ardientes corrían por las mejillas curtidas de Gui­llermo Ramos, Domeka Etxarte, Félix Aranguren, Iñaki Aretxaba-leta, Joseba Iturralde, Txomin Bizkarret, Jon Mikel Olabarrieta, de Atutxa, de Elizalde...


Desplazados desde Caracas a La Virginia, a El Paraíso, bor­deando el río Guaire que en la época de lluvias tantas veces nos inundó peligrosamente la carretera, cruzando el puente de metal militar, salvada la inspección de la Guardia Nacional, con pruden­te miedo a los guerrilleros que deambulaban cercanos, llegaron al borde de la laguna en la que una vez un trapiche molió caña de azúcar. Triste el íínlmo pero cumplida la misión, dijeron adiós a labor, enterrando en ln selva vene/olíina l


Componente de radio Txalupa


Jon Mikel Olabarrieta, Santi Guruzeaga, Paul Agirre, Paulin Urresti, Guillermo Ramos eta Peru Ajuria. Zutik: Domeka Etxearte, Ricardo Libano, José Luis Atxa, Iñaki Erkoreka, Isaka Atutxa, Pello Irujo, Iñaki Anasagasti, Iñaki Aretxabaleta, Iñaki Landa, Mikel Olasagasti, Juan Mari López, Jon Gómez eta Kepa Lekue.

Operó durante 13 años. Un grupo de entusiastas patriotas, que formaban parte de EGI-Caracas, lanzaban sus mensajes, en euskera y castellano, día tras día en emisiones de media hora, a los cinco continentes, culminando con el hermoso lema sabiniano de EUZKOTARREN ABERRIA EUZKADI DA — Euzkadi es la Patria de los Vascos.

El 13 de abril de 1977 dejó de emitir.




Hacía calor en el estado Zulia. No más que otros días, igual que siempre, J. J. Azurza lo resentía. Su pálida tez y sus ojos azules parecían ceder fácilmente a la apretura del clima tropical y al sol tórrido de Maracaibo. Por otra parte, andaba acelerado. Iban a traer elementos nuevos (torres, emisoras, etc.) para modernizar la radio de la Compañía Petrolera para la cual trabajaba, la Shell. Las viejas torres emisoras, levantadas sobre la tierra roja y caliente del Zulia, calificadas por los técnicos como de la guerra de Crimea, pensaban enviarlas a una chivera, como se denomina en Venezuela a las chatarrerías. J. J. fue a revisar el vetusto aparato al que tantas veces manipuló en sus funciones de trabajo, pero con una nueva visión, mucho más crítica. La emisora necesitaba urgentes retoques, pero él sabía cómo hacerla funcionar. Sus expertos dedos, finos y delicados como los de un pianista, se movieron por el cuerpo de hierro de la maquinaria. El viejo armazón vibró. Fue entonces, así lo contaba, cuando la Idea se apoderó de él, como le sucedió a Pablo en el camino de Tarso. Había encontrado lo que necesitaban los vascos para comunicarse a través de los muros de la dictadura.


Llegó a la reunión de la Mesa Cuadrada de los lunes, sin aliento, tras haber conducido las más de diez horas que separaban Maracaibo de Caracas. Le ofrecieron, en bromas, agua, hielo y whisky, o una cervecita Polar, bien fría. Lo rechazó todo con gesto impaciente, pues tenía prisa en detallar su plan. Intza, a quien le había adelantado el asunto, miraba con ojos ahuevados y semi cerrados a cada uno de los compañeros de la Mesa Cuadrada. Como los conocía bien, sabía que nadie iba a rechazar la oferta de J. J., como así fue.


Los iba ganando sin demasiado esfuerzo. Cuando detalló la cantidad de dinero necesaria para la compra de la maquinaria y su traslado, unos seis mil bolívares, nadie pestañeó. Era una rebaja considerable a los tanteos que se habían realizado con anterioridad, a instancias de Rezóla, y del Gobierno Vasco. Según informes del propio J. J. y de Iñaki Elguezabal, y apartando las consideraciones técnicas para una audición que debía cubrir ocho mil kilómetros. Sin ir más lejos, el costo de un transmisor (que habría que comprar en Estados Unidos y transportarlo a Venezuela) podría alcanzar los 15.000 dólares, según su sofisticación.


El bolívar, por entonces, se cotizaba a cuatro por dólar (en pesetas a unas 60), así que la cifra resultaba alarmante y además, en semejante traslado, podía fácilmente detectarse el secreto de la empresa. Ahora tenían casi en la mano un aparato de 5 kw, con dos transmisores completos de la misma potencia, que le permitía funcionar al tiempo en dos frecuencias diferentes. El coste de este aparato, nuevo, podía ser de unos 50.000 dólares, aseguró finalmente J. J.


Y estamos hablando de una zoquetuda... ¡seis mil bolívares! —reafirmó mientras limpiaba el cristal de sus lentes y sonreía satisfecho.


Todos estaban absolutamente desbordados por la emoción. El sueño podía hacerse realidad, tras largos años de debate, iniciativas truncadas, informes sesudos pero que paralizaban el proyecto por su excesivo coste en maquinaria y personal. Cuando llegó el consabido momento de reflexión, mientras J. J., ya callado, se dedicaba a beber su cervecita fría, se hizo un silencio profundo. Intza dejó pasar unos minutos y finalmente, con voz recia, preguntó con un modismo venezolano que había asumido como propio:

¿Le echamos pichón?


Nadie iba a poner un pero al proyecto. Y menos con Jo-kin, el Gordo, como ya le denominaban familiar y cariñosamente, aprobando la acción. Su siguiente paso fue llamar a Ramón Otxondo, que vivía en El Tigre, localidad del interior de Venezuela, y que mantenía una situación económica ventajosa, para pedir la financiación inmediata, cosa que logró sin problemas. A más, la oferta generosa del patriota Otxondo se ensanchó hasta ofrecer pagar sueldo de una persona para el cuidado de la emisora por seis meses. Nadie creía que podría durar más. También Otxondo se ofreció a buscar un terreno idóneo por los alrededores.


Cuando he hablado o entrevistado, mucho después, a los componentes de EGI sobre aquel momento, en ninguno de ellos palpé otra cosa que una decidida movilización hacia la empresa. Pello aseguraba que a él le pareció natural el paso a seguir. Todo estaba preparado para Radio Euzkadi/Euzkadi Irratia. El modo de obtener fondos económicos, la información bibliográfica, la cohesión del equipo. Los inconvenientes no se sopesaron en ningún momento de esa euforia inicial, y en verdad eran considerables.


En primer lugar Radio Euzkadi/Euzkadi Irratia debía ser clandestina tanto para los vascos como para los venezolanos, pero había que llegar a ciertos políticos importantes, para que hicieran la vista gorda. Eso, en cierto modo, ya lo llevaban algo adelantado Xabier Leizaola, Alberto Elosegi e Iñaki Zubizarreta, cuyos conocimientos del medio político venezolano y su intrusión en la política era más profunda. Tenían, desde las primeras conversaciones, la tarea de mover ciertas fichas para que no se paralizara cualquier acción emprendida. Rezóla, entre tanto, incansable en su afán, se movía en Europa, en el medio de la Democracia Cristiana, para el logro de los fines. Pero no obtuvo la respuesta requerida.


Se insistía, pese a tantas diligencias, en el secreto de la empresa. Era importante. Como se sabía del espionaje de la Embajada española, la petición cíe partidas monetarias debía disfrazarse, aun en los ¡imhilo.s del Centro. No .se iha ¡i poner confian/a en micllc porque no es que .se deNC'onl'Uii'ii, niño que se lemííi que al- guien pudiera irse de la lengua. Rezóla advertía desde París del peligro de los tres enemigos: la imprudencia, la chivatería, y el caso fortuito. Contra ellos habrían de luchar los del grupo EGI, aunque hubo sus momentos de alarma porque ciertas personas se acercaron demasiado a la verdad.


Las torres de la emisora no podían colocarse en Caracas, era evidente, pero no tan lejos que se hiciera penoso el traslado a ellas, ya que los miembros del grupo nuclear vivían en la ciudad. Por eso se descartó el terreno de El Tigre que señalaba Atxondo, uno de su propiedad. J. J. habló al principio de cuatro torres, lo cual era un volumen considerable, y necesitaban espacio abierto, pero la grabación del material debía realizarse en un apartamento, no demasiado lejano al centro reproductor.


Azurza, con la conformidad del grupo, se convirtió en el Consejero Técnico, y nadie osó dudar de sus conocimientos en telecomunicaciones —su trayectoria profesional era impecable—, ni le puso pega alguna. Más tarde le ayudaría en su trabajo Jon Mikel Solabarrieta. Los puestos eran muy oficiosos aunque a la larga, todos hicieron de todo. Desbordados, hablaron finalmente de mantener una persona fija para asegurar la grabación cotidiana y se señaló al joven Iñaki Anasagasti, para Caracas, y otra persona para guardar el lugar en la selva donde se iban a instalar las torres emisoras.


El sitio fue encontrado pronto. La hacienda La Virginia, que incluía una laguna, cercana al pueblo de Santa Lucía, a 60 kilómetros de Caracas, parecía el lugar idóneo donde instalar las torres, que fueron transportadas penosamente desde el estado Falcón, en unas gandolas, como se llamaba en Venezuela a los grandes camiones.


El párroco del pueblo de Santa Lucía, Bonifacio Urkizu, en conversaciones conj. J., fue quien señaló la hacienda abandonada, propiedad de Luis José García. Cuando fue a visitarla con el cura, J. J. decidió, mientras trajinaba por la maleza espinuda, bajo los viejos árboles, escuchando el canto de las paraulatas, que era en verdad el sitio perfecto. Cercana a Caracas, para acceder cotidianamente a ella, pero no tanto como que pudiera ser loca-


Radio Euzkadi/Euzkadi Irratia va a ser escuchada en Euskadi pero nunca, nunca, lo será en Caracas —afirmaba rotundo J. J., que se encargó de que así fuera, no solo por la elección del sitio, sino además por un medio muy simple en la técnica de telecomunicaciones, que desviaba las ondas libertarias del valle de Caracas.


Llegar a La Virginia no era fácil entonces, no lo es hoy día. Para 1964 la ciudad de Caracas se había extendido por todo el angosto y largo valle, comiéndose en su crecimiento vertiginoso los viejos pueblos de Chacaíto, Chacao, Campo Alegre, Los Chorros, levantadas las urbanizaciones de Altamira, La Castellana, La Floresta, Los Palos Grandes, Las Mercedes, El Rosal, y Sebucán, devorando el cemento la jugosa y verde hierba sabanera. Pero el pueblo de Petare continuaba estando lejano, y por Petare se pasaba, siguiendo después (se dejaba atrás el Ávila, la gran montaña de Caracas, y se adentraba en el Estado Miranda en dirección sur) por una carretera estrecha, tortuosa, montañosa. Se seguía las fuentes del río Guaire, el río de Caracas, el cual cruzaba la carretera varias veces, y en la época de lluvias se desbordaba impidiendo el tránsito. Había abundantes controles de la Guardia Nacional, pues había guerrilla.


El dueño de La Virginia accedió al proyecto, suplicando silencio para su nombre y cobrando un alquiler mensual simbólico de ochocientos bolívares. Además conectó al grupo EGI con un abanico más amplio de autoridades venezolanas, que no opusieron resistencia a la implantación de cuatro torres para la radio clandestina de los vascos. Hay que añadir que la CÍA, a través de la Embajada Americana, dio aviso a las autoridades venezolanas de la instalación de una radío en Santa Lucía.



Más que el asunto político de la radio, que les era enojoso, al parecer les molestaba que las ondas vascas interferían las comunicaciones de índole comercial entre Gran Bretaña y Estados Unidos, caso muy grave, y un grupo de sus técnicos pudo detectar la emisora en las cercanías de Caracas. Dado este conocimiento, era más que probable que llegara ;i la límbajacln cíe Hspaña, como lie-K<>, y que conset'uenle con sus nwllmiíis rcelamaclone.s, delatara el desafuero, pero n;ul;i i'oivslguleron u ñus y otros. A los americanos se les calló afirmando que no era comunista y desviando las ondas, para no interferirles el negocio. A los españoles, con la frialdad de unas relaciones diplomáticas tensas, se les aplicó el silencio administrativo. Aunque Manuel Fraga, por entonces Ministro del Interior, era un demandante obsesivo.

Se dijo que hasta el mismo Franco despotricaba contra la radio clandestina que hablaba con verdad de su régimen odioso. Exigía a su policía y a su embajada venezolana que, de una vez por todas, quitaran ese estorbo del medio. Había respirado tranquilo el día de la muerte del Lehendakarí Agirre, en 1960. Creía, con esa estólida mente militar y poco cultivada que era la suya, que la cuestión vasca acababa aquel día. Para su sorpresa, renacía en una generación criada a ocho mil kilómetros del país de los vascos.


Estas dificultades fueron vencidas, gracias a la intervención decidida del ministro de Relaciones Exteriores venezolano, Gon-salvi. De él sí sabemos el nombre porque incluso llegó a personarse alguna vez en las reuniones de la Mesa Cuadrada. Apoyó a los vascos en su empresa, incondicionalmente. Hasta les llegó a ofrecer otro terreno y unas condiciones más favorables si arremetían contra Fidel Castro, ya despejado de su talante libertario de la Sierra Maestra y que mostrando la faz de su dictadura atroz impulsaba la guerrilla que se mantenía en el interior del país y en la propia Caracas.


Por un tiempo, el que duró la concertación, dejaron de emitir para apaciguar los ánimos de unos y otros. Fue el precio que tuvieron que pagar. También fue vencido el miedo que tenían a su rival, Radio España Independiente, la voz de la resistencia comunista. Radio Euzkadi/Euzkadi Irratia resultó más fiable en su información y responsabilidad dial.


Como se dieron cuenta de que La Virginia necesitaba su guardián y encargado de emitir los Talos, se escogió a Isaka Atutxa, soltero, de Galdakao, un gudari, por entonces sin trabajo, y que aceptó el arriesgado trabajo de custodiar una emisora clandestina en medio de la selva venezolana.


Euzkadik behar ñau. Euskadi me necesita —comentó simplemente, al aceptar la encomienda.


La tarde en Venezuela cae a las 6. Caracas tenía por entonces un tráfico denso e impredecible. Se estaban realizando las autopistas vértebras que recorrían la ciudad de oeste a este, pero nunca fueron ni parece que lo serán, suficientes. Pese al tráfico, que mantenía los coches (carros como se denominan en Venezuela) parados horas sobre la ardiente vía de asfalto, y las dificultades que suponía atender a sus vidas privadas y compromisos laborales, los jóvenes del grupo EGI decidieron que trabajarían los sábados y domingos de sol a sol en las tareas de la instalación del equipo en los linderos de la laguna de La Virginia.


Bien duro, a pico y pala, compadre —afirmaban entre risas.



Durante meses las manos de aquellos hombres dedicados a oficios de administración y oficina, estuvieron tan curtidas como las de un obrero de la construcción. Añadiría que esos hombres despidieron también no el olor rancio del sudor que procura el trabajo físico, sino que transpiraban de sí algo de ese suave aroma de los araguaneys, los esbeltos chaguaramos, los espinudos habillos, ceibas con sus semillas aceitosas envueltas en una lana blanca, de algún caobo asilvestrado, y un mango generoso en sus frutos deliciosos, que una ve/ cobijaron las esbeltas cañas de azúcar de la hacienda, esa humedad del fango de la laguna mansa

Había prisa. Rezóla, entusiasmado por la idea, apuraba las decisiones pues se sabía que ETA pensaba instalar otra emisora en Argelia. Eso hacía que el grupo se dedicara al trabajo con frenesí. Fueron finalmente ayudados por una cuadrilla de obreros; tal cosa fue asumida y con pesar como absolutamente necesaria. Se levantaron pues las cuatro torres, se embutió la emisora (dos transmisores, llamados Pedro y Pablo) en una choza, a resguardo de las tormentas y del sol tropical, y tuvieron que abrir caminos en la maleza, para instalar las antenas.


Se fabricó una txabola. La amoblaron con dos camas, una mesa y armario, y sillas para jugar las previsibles partidas de dominó y mus, e instalaron una nevera capaz para las cervezas a consumir. En todos latía la conciencia de que la soledad sería demasiado profunda para Atutxa, y el compromiso tácito era compartir algunas noches con él y se elaboró un calendario de responsabilidades que se cumplió escrupulosamente. Durante algún tiempo, al observar que la incomunicación gravaba demasiado en el ánimo de Atutxa, le destinaron como compañero al navarro José Elizalde. Otras veces acompañaba a Pello Irujo su cuñado, Bingen Amezaga, médico, y así Isaka era revisado profesionalmente, hablaba de sus dolencias, cosa que siempre conforta el alma, y tomaba las medicinas correspondientes. Atutxa, a finales de 1966, tuvo un grave accidente de coche, y fue internado en una clínica.


Durante su ausencia, los miembros del grupo se repartieron las tareas que, al ser diarias, ponían en peligro los trabajos personales. Así que durante la convalecencia de Atutxa, decidieron ofrecerle el puesto a José Elizalde, y posteriormente se fueron turnando Juan Ortiz, Jotxu Castañero, Julián Atxurra.

Años más tarde, tras una visita inesperada de miembros de ETA, se decidió contratar un guardia jurado venezolano.


Nadie dejó de cumplir con su calendario previsto para acudir sábados y domingos a La Virginia. El que llevaba los Talos, como se denominó a los casetes grabados, solía siempre, por más prisa que hubiera, echarse unos «palitos» y jugar una partidita al mus con Atutxa. Corriendo el tiempo, el hombre se aficionó al pueblo de Santa Lucía, y solía estarse ahí algunas tardes. Nadie preguntaba qué hacía por aquellos predios un «musiú», según el argot ve-ne/olano, tan rico como singular, cvs ck'dr un extranjero, de- ojos claros, complexión robusta y hablar Intrincado... que- clase' de ira bajo realizaba en La Virginia. Él hablaba vagamente de unas perforaciones a la orilla de la laguna.


Igual encontramos petróleo por ahí, compadre, y nos hacemos todos ricos —explicaba en la bodega del pueblo, antes de iniciar su recorrido por los dos bares de Santa Lucía. Nadie le demostró jamás desconfianza. Sabían todos lo locos que eran los extranjeros, sobre todo los europeos, con ese asunto de hacer «las Américas».


Ni Atutxa ni ninguno de los pobladores de Santa Lucía había escuchado hablar de El Dorado de los conquistadores. De esa ciudad al borde de una laguna donde se sumergía un cacique cubierto de oro y cuyo fondo no era de algas y carecía de peces, porque estaba cubierto de una inmensa pátina del precioso metal dorado. La que describe enfebrecido el aventurero inglés Wal-ter Raleigh, en sus vanos intentos de llegar a la Manaos prodigiosa, con su lago Cassipa, antecedente en el paso del encuentro con Manoa. Como un río que en vez de gotas de agua las tiene de oro que se observan en sus bancos, cuando el verano caliente seca las fuentes de agua. En cierto modo, La Virginia era El Dorado para los jóvenes del grupo EGI.


Atutxa fue gudari, pero antes fue baserritarra. Pronto instaló un corral, criando gallinas. Esos huevos, tan sanos, alimentaron a mi primer hijo. Me los entregaba con especial ilusión, cuando aparecía allí con Pello.

Que sea un Irujo de bien como su padre y el viejo Manuel, el león de Navarra —me decía siempre poniendo su gruesa y tosca mano sobre la cabeza rubia del niño. Y que pueda criarse en Euskadi, que es de donde es. Que no hay patrias buenas ni malas, pero uno es donde es, culminaba con tristeza.

labras en euskara vizcaíno, tan diferente al culto euskara que le hablaba mi padre. Todo esto antes que en el Centro se instalara la ikastola «Euzkadi-Venezuela», a la que acudió dos años, otro hito de la colectividad vasca.


La cabeza de la operación radial, tras varios domicilios precarios, se instaló defínitivamente en el apartamento del edificio La Sierra, llamado así por su curiosa arquitectura, parecida a una sierra. Era un apartamento amplio y ventilado en el que se acolchó un dormitorio para lograr grabaciones perfectas. Las demás dependencias estaban atiborradas de paquetes de propaganda, cajas con llaveros, estuches con las monedas de oro. Como si se tratara de los baúles de un barco pirata tras la algarada filibustera de Maracaibo. Esto me sorprende ahora, cuando recuerdo las cosas... la cantidad de monedas de oro y plata allí dispuestas. Era tal la rectitud de cada uno y la confianza del grupo, que nadie presumió un robo. Y es que no lo hubo.


Tampoco creyeron que pudiera haber accidentes. Y lo hubo. Protegieron la puerta del apartamento con chapa blindada. Se cuidaba de que los cigarrillos, en ese tiempo la mayoría fumaba, se apagaran. No se prendían los hornillos de la cocina. Pero un día, pese a las precauciones, Iñaki Anasagasti grababa uno de los Talos, aislado en su cuarto de grabación, y no se percató del incendio que comenzó en la cocina a causa de un corto circuito.


El fuego se fue expandiendo solapado, apremiante... cuando Iñaki, finalizado el trabajo, abrió la puerta del cuarto acolchado, se enfrentó a una nube de humo tan densa que se quedó sin aliento. Cerró la puerta para tranquilizarse, contando hasta diez, y pensar en cómo salvarse. Su única salida de escape, la puerta, estaba bloqueada por el fuego. Corrió hacia la ventana del cuarto, al parecer convertido en su panteón, forzó el acolchado, logrando abrirla penosamente. Desesperado se trepó al alféizar, y solo entonces recordó que estaba en el tercer piso.


Gritó. Gritó a pleno pulmón. Con las fuerzas de la desesperación. Por entonces el humo había atraído la atención de varias personas que llamaron a los bomberos que1, ;il ver ¡il ¡oven en la ventana, temieron lo peor. Si .sallaba la muerte era seguni. Si se quedaba, también.


El fuego lograría penetrar en el cuarto, empujándolo al ve cío. Menos mal, por aquella vez, que Caracas era una ciudad e: perpetuo estado de construcción. A poca distancia del edificio L, Sierra estaban levantando otro y una grúa gigante maniobrab ahí. Advertidos de la trágica contingencia, manipularon la grú hacia el joven que permanecía en la ventana, y le animaron a da un salto en el vacío, hacia la grúa, pues no podían acercarla total mente a la ventana.

¡Calcule bien, musiú\ —gritaban los peones-buen brinco.


Era su única posibilidad de salvación. Iñaki, así lo contab después, se serenó, calculó la distancia, obvió el precipicio a su pies, y saltó. Logró engancharse a la grúa. Y salvarse.


Intza fue el encargado de despistar a la policía que, al ver li bros chamuscados, se dedicó a inspeccionarlos, y los encontr* sospechosos. Tras una tarea de disuasión, unos bolívares de dis tracción en los bolsillos, los agentes se retiraron sin dar el sopla de la extraña oficina que operaba en el incendiado apartamento del piso tercero del edificio La Sierra. En algunos apartamento funcionaban burdeles. Eso no llamaba su atención.


Quizá lavando la desenfrenada imagen del edifico La Sierra puedo afirmar que en mis largas esperas en lo que era su sala mientras Irujo, tanto Manuel como Pello, grababan el Talo,

Radio Euzkadi-La Txalupa


Durante doce años y siete días a la semana «desde un lugar de la selva venezolana» emitiría para el País Vasco ocupado Radio Euzkadi, conocida popularmente por «La Txalupa». Y a pesar de que en esta empresa participan casi un centenar de personas, militantes del PNV (4), fue un secreto celosamente guardado mientras duró. Es cierto que en su origen, a través de las gestiones del arquitecto Iñaki Zubizarreta, se consigue la colaboración -incluso económica-y la cobertura del Ministro de Asuntos Interiores, Reinaldo Leandro Mora. Los antecedentes habría que buscarlos en la Radio Euzkadi que, entre 1946y 1953, emite desde Mougerre en el País Vasco-continental y que fue clausurada por el Gobierno francés.


A principios de 1965 comienza a prepararse el proyecto. A través del sacerdote Bonifacio Urquizu, a la sazón párroco de la ciudad de Santa Lucía, el grupo vasco alquilaría un terreno, en plena selva, a Luis José García. En él se instalará la estación, que fue diseñada por José Joaquín Azurza e Iñaki Elguezabal.


Se utilizaron dos viejos transmisores -uno fabricado en 1932- modificados con potencia de uno y medio y dos y medio kilovatios, respectivamente. Asimismo, además de un grupo de energía se utilizaba una antena direccional.


Se usaron tres bandas de transmisión, de 19, 23 y 25 metros, respectivamente. A su vez, en cada banda se utilizaban cuatro frecuencias adicionales cercanas a la principal, con el fin de emitir en una de ellas aleatoriamente, escogida por el operador en cada transmisión con el fin de evitar interferencias. En este punto hay que señalar que, aunque tolerada, «La Txalupa» no estaba legalizada por las autoridades venezolanas, lo que en ocasiones supondría que el operador acabase en una comisaría.


Jokin Intza, Isaías Atxa, Iñaki Elguezabal, José Joaquín Azurza, Peio Irujo, Alberto Elósegui, Feliciano Aranguren, Xabier Leizaola, Iñaki Zubizarreta, Guillermo Ramos, José María Zugarramurdi, Rafael Mendizabal, Félix Berriozabal, Kepa Lekue, Jon Mikel Olabarrieta, Josu Urresti, Pauliri Urresti, Iñaki Landa, Isaac Atucha, Joseba de Rezóla, Perú Ajuria, Garbiñe Urresti, Julián Achurra, Joseba Amaga, Iñaki Arechavaíeta, Paul Aguirre, Juan María López Izaguirre, Jon Garaigordobil, Txomin Llanos, Iñaki Anasagasti, Jone de Elósegui, Antonio Mendiluce, Jesús María Gallastegui, Juan Ortiz, Ricardo Líbano, Patxi Albízu, Bonifacio Urquizu, José Eleizalde, Luis José García, Julián Achurra Garate, Tomás Andonegui, José Ignacio Zuazo, Joseba Urresti, Iñaki Ercoreca, Domeka Echearte, Andoni Olabarri, Miguel Briceño, Joseba Iturralde, Julián Amezcoa, José Abasólo, Maite Leizaola, José Luis Acha, Santiago Guruceaga, Mikel Olasagasti, Maite Garitaonaindia, Jon Gómez, Mikel Isasi, Miren Solabarrieta Aznar, . Ugalde, Lander Quintana, Julene Urzelai, Joseba Olabarrieta, Jesús Irazabal y Ventura Chico. Todos ellos eran militantes activos del Partido Nacionalista Vasco.



PRIMERA EMISIÓN DE RADIO EUZKADI/ EUZKADI IRRATIA



La obligatoriedad del secreto, pauta de supervivencia del proyecto, los llevó a utilizar un argot específico para mencionar sitios y cosas y disfrazar su naturaleza.


La hacienda La Virginia fue denominada Macuto (un pueblo del litoral venezolano, a más de su intrínseca acepción castellana), el apartamento del edificio La Sierra, en el que se grababan los programas, se denominó El Paraíso, nombre de la urbanización donde estaba y sigue estando el Centro Vasco de Caracas/ Caracas Euzko Etxea. Así, calcularon, cualquier alusión podía interpretarse de un modo diferente. El grupo EGI intervenía activamente en las actividades del Centro Vasco/Euzko Etxea: en su junta directiva —J. J. en 1975 era presidente—, en sus diversas asociaciones, en sus actividades deportivas y culturales.


Al conjunto de la radio se le denominaba La Txalupa, porque una vez comenzados los programas, todo el mundo, unos por enterarse de lo bueno, otros de lo malo, y todos por conocer la ubicación de la radio, hicieron cabalas de su ubicación. Muchos aseguraban que estaba situada en algún lugar de la costa africana, cara al Mediterráneo. También hubo quien la quiso ver en un fiordo noruego. Otros, los más, afirmaron que era una radio trashumante, a bordo de la bodega de un barco, en derrota por los mares del mundo con su mensaje libertario. Por ser esta versión la que corrió de boca en boca con mayor l'acilitlad, se le denominó la Txalupa.

Pronto el grupo EGI terminó denominándose a sí mismos los Txaluperos.


Hemos mencionado el soplo de la CÍA, pues parte de su misión, desde el ámbito de las embajadas, era detectar emisoras clandestinas en América Latina. Vivíamos años de fragorosas revoluciones, de guerrillas urbanas y montañeras, del emergente despliegue de Fidel Castro, aclamado como un libertador pero iniciador de una dictadura, y del Che Guevara, un romántico guerrillero, fiel a su palabra combativa, finalmente traicionado y asesinado en el Chaco boliviano. Años de Guerra Fría, de cegado anticomunismo o ardoroso comunismo. De un vitalista Movimiento Feminista, y donde en el país más poderoso de occidente, Estados Unidos, iban a asesinar a su presidente, el católico irlandés John F. Kennedy, a su hermano Bobby, y al líder pacifista de los Derechos Civiles, Martin Luther King, Premio de la Paz, y al belicista Malcolm X.


Así que algo de esa violencia podía rozar a Radio Euzkadi/Euz-kadi Irratia. Había claros intentos de terminar con el asunto, y provino de grupos del interior del país porque resultaba demasiado eficaz y pacifista, afecta a los intereses del PNV/EAJ o del Gobierno Vasco en el Exilio de París. Eduardo de la Escosura, miembro de ANV y cuñado, advirtió a Pello Irujo de los rumores que corrían entre los más intransigentes de los grupos del Centro, Josu Osteriz, Carlos Otaño y Luis Las Heras, cercanos a la ideología de ETA. Hablaban de localizarla, boicotearla, usarla para sus fines, si tal cosa resultaba posible, y si no, destruirla sin miramientos, afirmó el más que asustado Escosura. Devolvía así al hijo de Eusebio el inmenso favor que su madre recibió de él, cuando sacándola de un mísero hospital de Santo Domingo, la envió a Venezuela, siendo él un niño, y donde pudieron mejorar sus condiciones de vida.


Cualquiera de las opciones barajadas resultaba buena para los fines mezquinos, opinó, pues no pensaban en absoluto en el trabajo y en el dinero invertido en la empresa. Tampoco resultaban capaces de montar algo similar.

Por más que quisiera romperle la cara de un puñetazo a Osteriz... no serviría para callarlo de una p... vez.


Causaba ira que los propios resultaran peores que el adversario, pero así era. Así que se mantuvo una alerta excepcional en La Virginia, lo cual significó más trabajo para los miembros del grupo. Se compró un arma para Atutxa. Se contrató un personal de seguridad, con lo cual los gastos subieron. Estas medidas lograron disuadir a los presuntos agresores por un tiempo. Pero no desistieron. Dos miembros de ETA, Koldo Azurza y Pruden Aroze-na, visitaron en 1966 a Aretxabaleta para obtener información del paradero de la radio, aunque el delegado, con su proverbial simpatía de la que hacía extenso uso cuando quería —había sido un excelente actor en su juventud de las obras de Arturo Campion en los batzokis del país—, supo distraerles, comentando que, a lo que sabía, la radio estaba instalada en la bodega de un barco.


Desconozco el rumbo del navio. No sabemos ni su nombre —admitió con entonación cansina, como si eso pesara en su ánimo, meneando la cabeza con aflicción, alzándose de hombros, y apagando el cigarrillo en un cenicero de cristal, añadió: es una aventura que terminará mal y pronto, como tantas otras. Pero os aseguro que no está en Venezuela. ¡Hombre! Eso, al menos, ya lo sabría... soy el delegado.


Los dos hombres, aceptaron sus palabras y parecieron convencidos de la ignorancia de Aretxabaleta que, una vez que partieron, llamó a Intza para comunicarle la noticia.


En 1971, un 22 de febrero, se presentaron en Macuto tres activistas de ETA: Jon Urresti, Patxi Letamendia y Koldo Azurza. Habían dado con el lugar tras años de cabalas. No llegaron a acceder a la hacienda y regresaron a Caracas a hablar con Jon Gómez, quien sabían que formaba parte del grupo EGI,

Radio Euzkadi/Euzkadi Irratia mantuvo su emisión los 13 años que duró, sin interrumpir ni un solo día su programación por ninguna causa, salvo la excepción que ya apuntamos. En deuda queda Euskadi con los presidentes Ró-mulo Betancourt y Raúl Leoni, adecos, y Rafael Caldera, dirigente del partido democristiano COPEY. La emisora se cerró bajo la presidencia de Carlos Andrés Pérez, restablecida la democracia en el Estado español.

Visitantes como los Lehendakaris Leizaola y Carlos Ga-raikoetxea y dirigentes como Manuel Irujo arribaban a Venezuela y se entrevistaban con los mandatarios venezolanos, agradeciendo tácitamente el apoyo desinteresado a una labor que pudo comprometerlos diplomáticamente. La contestación siempre fue la misma: a los vascos no se les podía negar nada porque habían demostrado ampliamente su buen hacer como ciudadanos de Venezuela. No había quejas contra ellos. A más, la Venezuela democrática estaba en el deber de apoyar la lucha contra regímenes dictatoriales. En propia carne los había sufrido y los temía, en consecuencia.


El mal latino de los militares operando en el poder, el viejo estigma de los caudillos despóticos, había de ser de una vez por todas eliminado de la faz de la tierra. Debía prevalecer la felicidad de hombres y mujeres y el trabajo de la libertad. «Moral y luces» sentenció Simón Bolívar. Y una emisora siempre estaba en ese camino. En la década prodigiosa de los sesenta donde tantas cosas florecieron, prosperaron y cambiaron, la utopía parecía posible.


La cinta grabada era denominada Talo, en recuerdo a las tortas de maíz, propias de los baserris del país de los vascos. El maíz, don de la tierra americana, especialmente de la zona tropical, había sido importante para la economía de supervivencia de los caseríos vascos... ahora se transformaba en otra especie de pan, más simbólico pero igualmente vivificador,


De los transmisores, Pedro y Pablo, se hablaba familiarmente de ellos, con ellos y para ellos. Se les urgía con palabras a iniciar su labor de transmisión ya que solían, entre humos y bufidos, hacerse rogar un tanto, pero cumplieron, viejos artefactos como eran, desfasados para la tecnología de su tiempo, su misión de propagar libertad.


Rescatados de una muerte que los iba a convertir en chatarra por J. J., transportados desde el caluroso occidente de Venezuela, alargaron su vida en Santa Lucía, en la hacienda La Virginia, gracias al esfuerzo contumaz de un grupo empecinado en demostrar que la libertad era el bien de la humanidad. Eestaban dispuestos a cumplir la famosa frase del asesinado presidente Kennedy: «No preguntes qué es lo que tu país puede hacer por ti, sino lo que tú puedes hacer por tu país.» Es decir, en el concreto lema vasco que ellos recogieron: Euzkadik behar zaitu. Euskadi te necesita.


La primera grabación no fue convencional. Se la esperaba con ansia, expectación e incluso miedo. Así, un 27 de junio de 1965, tras los arduos trabajos, que llevaron meses, de desbrozar la maleza exuberante de la hacienda, de la instalación de las torres, de la edificación de las cabanas, reunido el grupo, se dieron los pasos consabidos en ensayos anteriores, para la puesta en marcha de Pedro y Pablo.


En medio de la humareda que despidieron al arrancar sus ruidosos motores, de la nube de mosquitos que circundaba permanentemente la zona, y del calor húmedo que empapaba los cuerpos de los animados promotores de aquella primera Radio Euzkadi/Euzkadi Irratia clandestina en América, se colocó el primer Talo.



El grupo contuvo la respiración. No era ocasión de transmitir mensajes, ni noticias ni consignas, sino la de ver si la radio funcionaba. Si las ondas emitidas de los viejos cuerpos de Pedro y Pablo, traspasaban victoriosas los 8.000 kilómetros que los separaban cíe Euskadi.

La emisión inicial formal de los Talos llevaba además, un mensaje del Lehendaka-ri Leizaola y un texto de Joseba Rezóla, entonces vicepresidente del Gobierno. El himno, creación de Sabino Arana Goiri, oficial del Gobierno de Euskadi, no se había escuchado en la Euskadi interior desde junio de 1937. Como la ikurriña, permanecía escondido en el fondo de los corazones vascos, sepultado por el cemento de represión de una dictadura infame.


Era una prueba y no resultó bien. Llego el calamitoso mensaje: «Sin rastro de Pedro hasta el momento». Habían estudiado, sobre todo J. J., qué hora era la óptima para mayor fluidez entre Euskadi y Venezuela, y se decidió una hora después de la salida del sol en Venezuela, que es cuando en Euskadi son las once de la mañana. La hora habría de retrasarse, visto el fracaso, para mejorar audición, y resultó que al haber un accidente cuando maniobraban los alambres de uno de los postes emisores, no pudieron hasta el 10 de julio hacer la transmisión completa, entre las 12 y 13,30 de ese sábado de 1966. Tampoco fue tan nítida como esperaban, según observación implacable de Rezóla y de algunos de los escuchas.


La condición, a rajatabla, era que la audición resultara impecable. Nítida. Y que el contenido resultara diverso y cautivador. En eso sí que estaban todos de acuerdo, y por eso se esforzaban. Solamente el día 14 de julio fueron escuchados con nitidez, música y mensajes, aun mayor a finales de ese julio, lo cual levantó la moral de los voluntarios de la Euskadi interior que accedían a los montes, compraban aparatos más fiables, y contenían la respiración en el momento de la escucha.


Azurza, siempre eficiente, apurado por las circunstancias, había colocado al aparato trasmisor un limitador-compresor qué multiplicaba por seis su potencia, esperando que esto limara las dificultades del inicio. En la parte administrativa, pronto se vio la necesidad de encauzar el trabajo en dos vertientes: para facilitar la lectura y comprensión de los partes recibidos, a los puramente de detalles técnicos los dirigían a Iñaki Elguexabal, que los traspasaría a J. J., y los de forma periodística, a Xabic-r U'i/iiulji y Jo-soba Elosegi.


Los partes llegaron, cuando se mejoraron las condiciones, y para alborozo del Grupo EGI, de Bilbao, Santurtzi, Donostia, Oiar-tzun, puntos diversos de Francia, Holanda, Alemania, Estados Unidos... y de Venezuela.


La emisión, en los 70, podía escucharse en un 80% por ciento de Euskal Herria, lo cual nos da idea de que el tremendo trabajo que realizaron tuvo un verdadero éxito. La voz de la Resistencia Vasca había atravesado los muros de odio del franquismo opresor.


La Mesa Cuadrada, cuya cabeza era Intza, agrandada hasta trece miembros, los poseedores del secreto, actuaba como un órgano soberano de decisión. Sabían ya, como Elosegi repetía incansable, que un artículo escrito permanece, pero la audición, aparte de nítida, debía ser corta y repetida. Las ondas se llevaban la voz y quizá el meollo del mensaje. Y la atención del escucha.


Aunque la política ocupaba la mayor parte del contenido de los mensajes, se fue matizando desde los comienzos hasta los finales, según la política del Estado español se tornaba más represiva. Se difundieron listas de detenidos, de su precaria situación. Episodios estrellas fueron los Aberri Eguna, se anunciaba sus días, así fue a partir del de Gasteiz, animando a la gente a concurrir, visto el éxito de Gernika. Y los aniversarios que iba cumpliendo el Gobierno vasco en exilio: cada 7 de octubre se leía la fórmula del juramento del Lehendakari Agirre en Gernika, en euskara y castellano, y se radiaban los mensajes del Lehendakari Leizaola. Los Gudari Eguna, el Juicio de Burgos, el suceso de Elosegi, contra el Referéndum de Franco de 1966... se emitió una lista de chivatos, se acusaba al esbirro Escobar de torturas y al sargento López, asegurándose de que la acusación fuera certera, ya que se trataba de una violación de los Derechos Humanos y un genocidio y debían saberlo los escuchas del mundo: desde Estados Unidos hasta Japón.

Vasca, del soporte que suponía la biblioteca en el Centro Vasco que era bastante buena, contaba con las obras completas de la Editorial EKIN de Buenos Aires, dirigida por Andrés Irujo, y que completaban un contenido importante de la cultura vasca.


Se fortaleció el euskara en sus programas, se adoptó un decidido apoyo a los equipos de fútbol vascos, lo cual no es extrañar si se tiene en cuenta el asunto de las quinielas. También decidieron que aunque había que obedecer las directrices de Rezóla, portavoz del Gobierno vasco, tajante en su nacionalismo, debían actuar según les indicaba el bien común: se dirigían a todos los vascos, a los nacionalistas, a los socialistas, a los ávidos de información sin querencia política. Radio Euzkadi/Euzkadi Irratia debía ser el pulmón de una sociedad duramente reprimida, informarles casi al momento de los sucesos, desnudar la magna decrepitud y corrupción de un régimen que había durado demasiado tiempo, y demasiado tiempo ejercido el mal.


Fue Elosegi quien cargó sobre sus hombros el delicado asunto de perfilar hasta qué punto podían coincidir con todas esas realidades. Para los Irujos, uno en París en la sede del Gobierno vasco, y el otro en el trabajo de la radio clandestina, el factor nacionalista era clave, incidiendo en el tema de Navarra, pero también lo era el de informar a todos, los de Venezuela y los de la Euskadi interior, qué piezas se movían en Europa.


El 15 de septiembre, a las 21,30 horas en Euskadi, fue en realidad la emisión inaugural, la oficial. Las notas del himno de los gudaris eran telón de fondo de las palabras del Lehendakari Lei-zaola, recogidas después tanto en OPE EPI, el Boletín del Gobierno Vasco, como en Gudari, cuya portada del número 32, anuncia la emisión de Radio Euzkadi/Euzkadi Irratia, e incide en su transmisión diaria de 9,30 a 11, 30 de la noche, en 15.020 y 13.250 kilociclos en banda de 19 y 23 metros.



EL ARGOT DE RADIO EUZKADI/EUZKADI IRRATIA

Y SU PRIMERA EMISIÓN


La obligatoriedad del secreto, pauta de supervivencia del proyecto, los llevó a utilizar un argot específico para mencionar sitios y cosas y disfrazar su naturaleza.

La hacienda La Virginia fue denominada Macuto (un pueblo del litoral venezolano, a más de su intrínseca acepción castellana), el apartamento del edificio La Sierra, en el que se grababan los programas, se denominó El Paraíso, nombre de la urbanización donde estaba y sigue estando el Centro Vasco de Caracas/ Caracas Euzko Etxea. Así, calcularon, cualquier alusión podía interpretarse de un modo diferente. El grupo EGI intervenía activamente en las actividades del Centro Vasco/Euzko Etxea: en su junta directiva —J. J. en 1975 era presidente—, en sus diversas asociaciones, en sus actividades deportivas y culturales.


Al conjunto de la radio se le denominaba La Txalupa, porque una vez comenzados los programas, todo el mundo, unos por enterarse de lo bueno, otros de lo malo, y todos por conocer la ubicación de la radio, hicieron cabalas de su ubicación. Muchos aseguraban que estaba situada en algún lugar de la costa africana, cara al Mediterráneo. También hubo quien la quiso ver en un fiordo noruego. Otros, los más, afirmaron que era una radio trashumante, a bordo de la bodega de un barco, en derrota por los mares del mundo con su mensaje libertario. Por ser esta versión la que corrió de boca en boca con mayor l'acilitlad, se le denominó la Txalupa.

rante selva tropical, lindando con una laguna. Pronto el grupo EGI terminó denominándose a sí mismos los Txaluperos.


Hemos mencionado el soplo de la CÍA, pues parte de su misión, desde el ámbito de las embajadas, era detectar emisoras clandestinas en América Latina. Vivíamos años de fragorosas revoluciones, de guerrillas urbanas y montañeras, del emergente despliegue de Fidel Castro, aclamado como un libertador pero iniciador de una dictadura, y del Che Guevara, un romántico guerrillero, fiel a su palabra combativa, finalmente traicionado y asesinado en el Chaco boliviano. Años de Guerra Fría, de cegado anticomunismo o ardoroso comunismo.


De un vitalista Movimiento Feminista, y donde en el país más poderoso de occidente, Estados Unidos, iban a asesinar a su presidente, el católico irlandés John F. Kennedy, a su hermano Bobby, y al líder pacifista de los Derechos Civiles, Martin Luther King, Premio de la Paz, y al belicista Malcolm X.


Así que algo de esa violencia podía rozar a Radio Euzkadi/Euz-kadi Irratia. Había claros intentos de terminar con el asunto, y provino de grupos del interior del país porque resultaba demasiado eficaz y pacifista, afecta a los intereses del PNV/EAJ o del Gobierno Vasco en el Exilio de París. Eduardo de la Escosura, miembro de ANV y cuñado, advirtió a Pello Irujo de los rumores que corrían entre los más intransigentes de los grupos del Centro, Josu Osteriz, Carlos Otaño y Luis Las Heras, cercanos a la ideología de ETA. Hablaban de localizarla, boicotearla, usarla para sus fines, si tal cosa resultaba posible, y si no, destruirla sin miramientos, afirmó el más que asustado Escosura. Devolvía así al hijo de Eusebio el inmenso favor que su madre recibió de él, cuando sacándola de un mísero hospital de Santo Domingo, la envió a Venezuela, siendo él un niño, y donde pudieron mejorar sus condiciones de vida.


Cualquiera de las opciones barajadas resultaba buena para los fines mezquinos, opinó, pues no pensaban en absoluto en el trabajo y en el dinero invertido en la empresa. Tampoco resultaban capaces de montar algo similar.

Por más que quisiera romperle la cara de un puñetazo a Osteriz... no serviría para callarlo de una p... vez.


Causaba ira que los propios resultaran peores que el adversario, pero así era. Así que se mantuvo una alerta excepcional en La Virginia, lo cual significó más trabajo para los miembros del grupo. Se compró un arma para Atutxa. Se contrató un personal de seguridad, con lo cual los gastos subieron. Estas medidas lograron disuadir a los presuntos agresores por un tiempo. Pero no desistieron. Dos miembros de ETA, Koldo Azurza y Pruden Aroze-na, visitaron en 1966 a Aretxabaleta para obtener información del paradero de la radio, aunque el delegado, con su proverbial simpatía de la que hacía extenso uso cuando quería —había sido un excelente actor en su juventud de las obras de Arturo Campion en los batzokis del país—, supo distraerles, comentando que, a lo que sabía, la radio estaba instalada en la bodega de un barco.


Desconozco el rumbo del navio. No sabemos ni su nombre —admitió con entonación cansina, como si eso pesara en su ánimo, meneando la cabeza con aflicción, alzándose de hombros, y apagando el cigarrillo en un cenicero de cristal, añadió: es una aventura que terminará mal y pronto, como tantas otras. Pero os aseguro que no está en Venezuela. ¡Hombre! Eso, al menos, ya lo sabría... soy el delegado.


Los dos hombres, aceptaron sus palabras y parecieron convencidos de la ignorancia de Aretxabaleta que, una vez que partieron, llamó a Intza para comunicarle la noticia.


En 1971, un 22 de febrero, se presentaron en Macuto tres activistas de ETA: Jon Urresti, Patxi Letamendia y Koldo Azurza. Habían dado con el lugar tras años de cabalas. No llegaron a acceder a la hacienda y regresaron a Caracas a hablar con Jon Gómez, quien sabían que formaba parte del grupo EGI,

Radio Euzkadi/Euzkadi Irratia mantuvo su emisión los 13 años que duró, sin interrumpir ni un solo día su programación por ninguna causa, salvo la excepción que ya apuntamos. En deuda queda Euskadi con los presidentes Ró-mulo Betancourt y Raúl Leoni, adecos, y Rafael Caldera, dirigente del partido democristiano COPEY. La emisora se cerró bajo la presidencia de Carlos Andrés Pérez, restablecida la democracia en el Estado español.

Visitantes como los Lehendakaris Leizaola y Carlos Ga-raikoetxea y dirigentes como Manuel Irujo arribaban a Venezuela y se entrevistaban con los mandatarios venezolanos, agradeciendo tácitamente el apoyo desinteresado a una labor que pudo comprometerlos diplomáticamente. La contestación siempre fue la misma: a los vascos no se les podía negar nada porque habían demostrado ampliamente su buen hacer como ciudadanos de Venezuela. No había quejas contra ellos. A más, la Venezuela democrática estaba en el deber de apoyar la lucha contra regímenes dictatoriales. En propia carne los había sufrido y los temía, en consecuencia.


El mal latino de los militares operando en el poder, el viejo estigma de los caudillos despóticos, había de ser de una vez por todas eliminado de la faz de la tierra. Debía prevalecer la felicidad de hombres y mujeres y el trabajo de la libertad. «Moral y luces» sentenció Simón Bolívar. Y una emisora siempre estaba en ese camino. En la década prodigiosa de los sesenta donde tantas cosas florecieron, prosperaron y cambiaron, la utopía parecía posible.


La cinta grabada era denominada Talo, en recuerdo a las tortas de maíz, propias de los baserris del país de los vascos. El maíz, don de la tierra americana, especialmente de la zona tropical, había sido importante para la economía de supervivencia de los caseríos vascos... ahora se transformaba en otra especie de pan, más simbólico pero igualmente vivificador,


De los transmisores, Pedro y Pablo, se hablaba familiarmente de ellos, con ellos y para ellos. Se les urgía con palabras a iniciar su labor de transmisión ya que solían, entre humos y bufidos, hacerse rogar un tanto, pero cumplieron, viejos artefactos como eran, desfasados para la tecnología de su tiempo, su misión de propagar libertad.


Rescatados de una muerte que los iba a convertir en chatarra por J. J., transportados desde el caluroso occidente de Venezuela, alargaron su vida en Santa Lucía, en la hacienda La Virginia, gracias al esfuerzo contumaz de un grupo empecinado en demostrar que la libertad era el bien de la humanidad. Eestaban dispuestos a cumplir la famosa frase del asesinado presidente Kennedy: «No preguntes qué es lo que tu país puede hacer por ti, sino lo que tú puedes hacer por tu país.» Es decir, en el concreto lema vasco que ellos recogieron: Euzkadik behar zaitu. Euskadi te necesita.


La primera grabación no fue convencional. Se la esperaba con ansia, expectación e incluso miedo. Así, un 27 de junio de 1965, tras los arduos trabajos, que llevaron meses, de desbrozar la maleza exuberante de la hacienda, de la instalación de las torres, de la edificación de las cabanas, reunido el grupo, se dieron los pasos consabidos en ensayos anteriores, para la puesta en marcha de Pedro y Pablo.


En medio de la humareda que despidieron al arrancar sus ruidosos motores, de la nube de mosquitos que circundaba permanentemente la zona, y del calor húmedo que empapaba los cuerpos de los animados promotores de aquella primera Radio Euzkadi/Euzkadi Irratia clandestina en América, se colocó el primer Talo.



El grupo contuvo la respiración. No era ocasión de transmitir mensajes, ni noticias ni consignas, sino la de ver si la radio funcionaba. Si las ondas emitidas de los viejos cuerpos de Pedro y Pablo, traspasaban victoriosas los 8.000 kilómetros que los separaban cíe Euskadi.

La emisión inicial formal de los Talos llevaba además, un mensaje del Lehendaka-ri Leizaola y un texto de Joseba Rezóla, entonces vicepresidente del Gobierno. El himno, creación de Sabino Arana Goiri, oficial del Gobierno de Euskadi, no se había escuchado en la Euskadi interior desde junio de 1937. Como la ikurriña, permanecía escondido en el fondo de los corazones vascos, sepultado por el cemento de represión de una dictadura infame.


Era una prueba y no resultó bien. Llego el calamitoso mensaje: «Sin rastro de Pedro hasta el momento». Habían estudiado, sobre todo J. J., qué hora era la óptima para mayor fluidez entre Euskadi y Venezuela, y se decidió una hora después de la salida del sol en Venezuela, que es cuando en Euskadi son las once de la mañana. La hora habría de retrasarse, visto el fracaso, para mejorar audición, y resultó que al haber un accidente cuando maniobraban los alambres de uno de los postes emisores, no pudieron hasta el 10 de julio hacer la transmisión completa, entre las 12 y 13,30 de ese sábado de 1966. Tampoco fue tan nítida como esperaban, según observación implacable de Rezóla y de algunos de los escuchas.


La condición, a rajatabla, era que la audición resultara impecable. Nítida. Y que el contenido resultara diverso y cautivador. En eso sí que estaban todos de acuerdo, y por eso se esforzaban. Solamente el día 14 de julio fueron escuchados con nitidez, música y mensajes, aun mayor a finales de ese julio, lo cual levantó la moral de los voluntarios de la Euskadi interior que accedían a los montes, compraban aparatos más fiables, y contenían la respiración en el momento de la escucha.


Azurza, siempre eficiente, apurado por las circunstancias, había colocado al aparato trasmisor un limitador-compresor qué multiplicaba por seis su potencia, esperando que esto limara las dificultades del inicio. En la parte administrativa, pronto se vio la necesidad de encauzar el trabajo en dos vertientes: para facilitar la lectura y comprensión de los partes recibidos, a los puramente de detalles técnicos los dirigían a Iñaki Elguexabal, que los traspasaría a J. J., y los de forma periodística, a Xabic-r U'i/iiulji y Jo-soba Elosegi.



Los partes llegaron, cuando se mejoraron las condiciones, y para alborozo del Grupo EGI, de Bilbao, Santurtzi, Donostia, Oiar-tzun, puntos diversos de Francia, Holanda, Alemania, Estados Unidos... y de Venezuela.


La emisión, en los 70, podía escucharse en un 80% por ciento de Euskal Herria, lo cual nos da idea de que el tremendo trabajo que realizaron tuvo un verdadero éxito. La voz de la Resistencia Vasca había atravesado los muros de odio del franquismo opresor.


La Mesa Cuadrada, cuya cabeza era Intza, agrandada hasta trece miembros, los poseedores del secreto, actuaba como un órgano soberano de decisión. Sabían ya, como Elosegi repetía incansable, que un artículo escrito permanece, pero la audición, aparte de nítida, debía ser corta y repetida. Las ondas se llevaban la voz y quizá el meollo del mensaje. Y la atención del escucha.

Aunque la política ocupaba la mayor parte del contenido de los mensajes, se fue matizando desde los comienzos hasta los finales, según la política del Estado español se tornaba más represiva. Se difundieron listas de detenidos, de su precaria situación. Episodios estrellas fueron los Aberri Eguna, se anunciaba sus días, así fue a partir del de Gasteiz, animando a la gente a concurrir, visto el éxito de Gernika. Y los aniversarios que iba cumpliendo el Gobierno vasco en exilio: cada 7 de octubre se leía la fórmula del juramento del Lehendakari Agirre en Gernika, en euskara y castellano, y se radiaban los mensajes del Lehendakari Leizaola. Los Gudari Eguna, el Juicio de Burgos, el suceso de Elosegi, contra el Referéndum de Franco de 1966... se emitió una lista de chivatos, se acusaba al esbirro Escobar de torturas y al sargento López, asegurándose de que la acusación fuera certera, ya que se trataba de una violación de los Derechos Humanos y un genocidio y debían saberlo los escuchas del mundo: desde Estados Unidos hasta Japón.

Vasca, del soporte que suponía la biblioteca en el Centro Vasco que era bastante buena, contaba con las obras completas de la Editorial EKIN de Buenos Aires, dirigida por Andrés Irujo, y que completaban un contenido importante de la cultura vasca.


Se fortaleció el euskara en sus programas, se adoptó un decidido apoyo a los equipos de fútbol vascos, lo cual no es extrañar si se tiene en cuenta el asunto de las quinielas. También decidieron que aunque había que obedecer las directrices de Rezóla, portavoz del Gobierno vasco, tajante en su nacionalismo, debían actuar según les indicaba el bien común: se dirigían a todos los vascos, a los nacionalistas, a los socialistas, a los ávidos de información sin querencia política. Radio Euzkadi/Euzkadi Irratia debía ser el pulmón de una sociedad duramente reprimida, informarles casi al momento de los sucesos, desnudar la magna decrepitud y corrupción de un régimen que había durado demasiado tiempo, y demasiado tiempo ejercido el mal.


Fue Elosegi quien cargó sobre sus hombros el delicado asunto de perfilar hasta qué punto podían coincidir con todas esas realidades. Para los Irujos, uno en París en la sede del Gobierno vasco, y el otro en el trabajo de la radio clandestina, el factor nacionalista era clave, incidiendo en el tema de Navarra, pero también lo era el de informar a todos, los de Venezuela y los de la Euskadi interior, qué piezas se movían en Europa.

El 15 de septiembre, a las 21,30 horas en Euskadi, fue en realidad la emisión inaugural, la oficial. Las notas del himno de los gudaris eran telón de fondo de las palabras del Lehendakari Lei-zaola, recogidas después tanto en OPE EPI, el Boletín del Gobierno Vasco, como en Gudari, cuya portada del número 32, anuncia la emisión de Radio Euzkadi/Euzkadi Irratia, e incide en su transmisión diaria de 9,30 a 11, 30 de la noche, en 15.020 y 13.250 kilociclos en banda de 19 y 23 metros


MÉTODOS DE GRABACIÓN. CONFORMACIÓN DE LOS TALOS


Radio Euzkadi La Voz de la Resistencia


Se grababa en el edificio La Sierra. Se escogieron locutores cuyo acento no delatara el origen de la emisión. En general, grabaron en castellano Xabier Leizaola y Pello Irujo. J. J. Azurza lo hacía en euskara. Maite Leizaola, hermana de Xabier, fue la única voz femenina en el tiempo inicial. Poco a poco se fue añadiendo más gente, aunque ninguno de los nacidos en América, entre los que me cuento, servimos para la tarea, pues nos delataba nuestro castellano más suave. Eso forzaba a los locutores a una tarea absorbente. Hay que tener en cuenta que se grababa tres veces al día.


No faltaba trabajo para nadie, de todas formas. Había que mantener listo, al día, el archivo documental, los discos con sonidos especiales, las noticias del momento. Cuando sucedió el terremoto de Caracas en 1967, se grabó y emitió como si nada hubiera sucedido, pues no debía traslucirse que la tragedia nos había sacudido de modo profundo, con la muerte del delegado Aretxabaleta y su mujer, aunque se dio al día siguiente la noticia luctuosa, como un parte oficial, como una noticia venida de lejos. Ningún oyente percibió lo mucho que sentía la colectividad la pérdida de su delegado, y el duelo que colmaba nuestros corazones por aquella ciudad sacudida por un seísmo de 6 grados en la escala Ritcher.



Cinco edificios, uno al lado del nuestro, se derrumbaron sobre sí misinos. Hubo un suceso asombrosos: una pareja de nacionalidad uruguaya que- habitaba en un ático penthouse como se le Mamaba, pudo salir u la calle, caminando entre los escombros cíe los elle/ pisos convertidos en uno.

Pero se aceptó el dicho de Simón Bolívar, en el terremoto de 1812 que sacudió con fiereza la parte oeste de la ciudad de los techos rojos: «Si la naturaleza se opone, lucharemos contra ella y venceremos».


Se enviaban Tarjetas de Oyente a los escuchas del interior de Euzkadi. Por millares. Lo curioso fue que las devolvieron también por millares, utilizando en idas y venidas, los conductos del Gu-dari. Estas tarjetas fueron un soporte excepcional de la amplitud de margen que tuvo Radío Euzkadi/Euzkadi Irratia en el país. De la fidelidad de su audiencia. Mucha gente tenía que escalar algún monte para escucharla, pues carecía de una radio apta para recibir la emisión. Y era de temer un castigo si te encontraban oyéndola. Pero eso también se desafió.


Hubo varios escuchas especiales, ubicados en puntos estratégicos de la geografía vasca, que enviaban puntualmente su informe a más de la Tarjeta del Oyente. El navarro Imanol Mugika, que vivía en ese tiempo en Azpiroz, era un fiel escucha.

Hay que tener en cuenta que J. J. cada cierto tiempo cambiaba el dial. Que las interferencias policiales operaban, aunque desviadas con prontitud, jamás llegaron a entorpecer la emisión. La Voz de la Resistencia Vasca, móvil, ágil, lograba salvar el control de la rígida policía franquista. El nombre de Txalupa estaba bien impuesto. Muchas personas de la Euzkadi interior colaboraban en el proyecto que iba tomando tamaña dimensión. Jon de Igeldo (seudónimo de Gerardo Bujanda) Joseba Elosegi, y como hemos señalado, don Manuel Irujo.


En 1969 el viejo león navarro permaneció un año en Caracas y lo aprovechó no solo para cuidar de su hermano Juan Ignacio y asistirle en su muerte, sino que se convirtió en inquilino cotidiano del edificio La Sierra. Con su habitual exuberancia, su gran simpatía, su buen humor, alumbró aquellas habitaciones que nunca perdieron del todo su olor a chamusquina. Era el encargado oficial de redactar e informar sobre las noticias del emergente Mercado Común. Visto ahora, desde tan lejos, aquello parecía una utopía en el pleno sentido de la acepción.


Las cenizas de la II Guerra Mundial permanecían aún calien-te.s, l:ts blancas cruces do los muertos de Normandfu las teníamos clavadas en el corazón, y los vascos sentíamos recelo por una Europa que nos había dejado de lado y favorecido al dictador fascista. Pero Irujo nos convencía de que habíamos de lograr un puesto en esa Europa de los pueblos. Que algún día tendríamos representantes en su Parlamento. Lo que él nunca pudo soñar es que un sobrino nieto suyo, Mikel Irujo, no nacido en esas fechas pero sí que lo haría en Caracas en 1972, sería euro parlamentario y el primero en irrumpir en el foro europeo hablando en euska-ra con el presidente de Francia, Sarkozy, en 2008. Los cimientos de la vieja casona de los Irujos en Lizarra/Estella, podían dejar de conmoverse al ritmo de sus grandes desgracias. El objetivo se cumplía a lo largo del tiempo histórico: 100 años son nada para una raíz milenaria.


Los Talos tenían una estructura original de la que se varió poco, aunque se fue perfilando en los 13 años. Comenzaban con música, luego le sucedía una presentación que hacía referencia al suceso a conmemorar o celebrar, una charla o lectura con alusión a los sucesos patrios, la identificación de la emisora, la editorial y más música. Seguía una sección euskerica, anuncio de la Radio y su dial, las efemérides, música, los eslóganes, noticias del mundo y las vascas, una breve editorial en inglés, identificación de la emisora, algunos versos, sobre todo unos que fueron dedicados a la emisora, y cierre.


Se hacía hincapié, en euskara y en castellano, que la emisora repetía su emisión tres veces al día, y daban el dial de frecuencia y las horas. Lo hacían con tanta repetición, porque según Azurza, una emisora de onda corta podía parecerse a una procesión que pasa silenciosa por la calle. Uno no sabe cuándo va a pasar, pues no estaba enterado del suceso. Había que anunciarlo, anunciarlo, anunciarlo... hasta la saciedad.




Compilacion, Edicion, y Publicacion Xabier Iñaki Amezaga Iribarren












Compilacion Edicion y Publicacion

Xabier Iñaki Amezaga Iribarren

Editorial Xamezaga

La Memoria de los Vascos en Venezuela

Catalogo de Obras (995)

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